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HUELLAS EN LA MONTAÑA.

 

Aquella pareja se había conocido en los cafetales de los Montero,  allá en General Viejo. Se casaron muy jóvenes, él por su parte fue criado por un tío porque era hijo natural  y cuando la madre le salió un pretendiente, tuvo que dejar aquel pequeño en casa de su progenitora.  Ella era huérfana de padre, que se ahogó en el río Barú.  Su madre la trajo a vivir a Brasilia,  fue por  eso que en las épocas de cosecha,  iban a coger café en  las fincas de General.

Empezaron sus cimientos de matrimonio ahí. Su primer retoño ya tenía  cinco años,  cuando Melito Montero vio los bríos de campesinos que tenía aquel matrimonio y le ofreció irse a cuidar una gran finca que había comprado en Paraíso,  cerca de las extensas sabanas de Buenos Aires. Se tardaban unas siete horas en la vieja casadora de Amando Elizondo. Empacaron en unos viejos sacos la ropilla, en  otro,  unos cuantos trastes y emprendieron el viaje que marcaría sus vidas.

Había en la nueva tierra  una pequeña naciente de agua que tenían que cuidar como un tesoro, en la sequedad de aquel   lugar. La jalaban en baldes por las mañanas para atender todos los quehaceres de la casa. Ahí quedó el ombligo  de cuatro niños más y además los primeros sufrimientos que retuercen la memoria con el más inimaginable dolor de madre.

Una mañana como cualquiera su hijo mayor, después de almorzar se fue a  amarrar los terneros al otro lado de la  quebrada. Lo acompañaba su tío, quien le ganaba solo en un año de edad. Al cruzar la fuente,  Didier le propuso a su tío, darse  un rico y rápido chapuzón para jugar de dar vuelta canela en el agua.  Estaba seguro de ser el campeón.  Así lo hicieron. Pasaron unos minutos y el tío Luis que apenas alcanzaba diez años no vio a su sobrino asomarse, le gritó… pero nada, de pronto unos remolinos , patadas violentas y luego nada se reflejó en el agua…  corrió hasta la casa, gritando  aterrado. La madre corrió como nunca llegó a la poza que  se mantenía totalmente quieta y se metió en ella. Sus pies moldearon en el fondo, el cuerpecito sin vida del niño, unos gritos de dolor rasgaron su pecho  le llevó cargando a casa,  donde se oía el llanto ronco de sus gemelas recién nacidas.

Eso no fue lo más trágico para aquella joven madre. Pues, a los dos meses de aquel día,  una de las gemelitas murió de una gran tos que no la dejaba respirar.

Fue en una pelea de gallos en Buenos Aires, cuando tiempo después, Hermes su esposo, se encontró con Manuelillo,  el paisano de las montañas de Santa María. Por unos pocos colones le ofreció una finca entre las montañas vírgenes del cerro. 

Los gallos anunciaban el fresco amanecer cuando  la carreta con los bueyes estaba en el patio, ahí colocaron una cocina vieja, los trastes y uno que otro chuica para llevar, los niños como monitos se  agarraban  de donde podían para no caer encima de todos los chunches. Empezó ahí un calvario para esta mujer.  A los pocos kilómetros escuchaban los gritos de la niña mayor que pedía ayuda, la madre insiste y la revisan.  El ácido de marcar ganado había caído en  su espalda. Estaba  en carne viva.

 __  Eso no es nada - dijo el hombre y continuó hasta que los quejidos de la niña se apagaron de cansancio.

Cruzaron desde Paraíso hasta Santa María, ahí la vista dejó ver una exuberante montaña, la bruma acariciaba las ramas altas de los árboles, se escuchaban las palomas pedir café.    Cortaron unos árboles y pegaron unas latas de zinc, para formar el hogar que les albergaría por muchos años.

Hay cosas que se  guardan en la memoria,   las grandes cosechas de maíz y frijol, la huerta de culantro, rábano, repollo y unas hortalizas que  daban gusto creciendo en la tierra más negra que se puedan imaginar, el agua cristalina de la quebrada lamiendo la siluetas de los niños al chapucear, jugando hasta caer cansados en  las viejas esteras  de junco, compañeras inseparables de las noches.

 Un día,  uno de los chicos tuvo la genial idea de  acortar el bejuco de jugar, solo para ver quien caía  al enorme barranco que se extendía a los pies. Fue María, la mayor de las mujeres, la afortunada.  Contaban  ya en ese entonces con seis hijos. Otros murieron.  María llegó como siempre se impulsó,  y pum, cayó al vacío solo se  escuchó el eco de un quejido y luego silencio.  Marcos soltó la carcajada  pero al rato de tanto silencio miró a sus hermanos  y dijo:

 __ Vamos a ver qué le pasó.

Estaba  sin aliento, sin color, no respondía. Entre todos la llevaron a la casa, como  a unos trescientos metros por la montañilla.

 __ Mamá,  María se cayó y no reacciona - dijo Marcos,   pero no le dio más explicaciones.  Todos esperaron con un color pálido en sus mejillas hasta que María tosió al oler algo que la madre le puso cerca de la nariz.

Otro día de tantos,  Carla y María se fueron a jugar casita. Caminando descalzas,  cada una  llevaba una  macheta bien afilada, pues, ahí nadie conocía los zapatos. Carla era más miedosa entonces se quedó en el tronco para que María cortara la maleza y ella bajarse de donde estaba.  Fue un problema de comunicación, porque cuando María le gritó: “ya”, vio un palillo más y quiso cortarlo pero Carla había saltado. Todo fue muy rápido. Uno de los deditos quedó levemente unido al pie.  Asustada María del río de sangre,  la cargó en su espalda y la llevó a la casa, de  miedo no dijo nada, más bien la escondió en la troja del maíz.

La tarde dejó caer su vestido.  No encontraban a Carla. La voz de Toñito se oyó:

 __ Mamá sale sangre de la troja. Cuál fue su sorpresa al  encontrar a Carlita sin sentido. La angustia se adueñó de los presentes,  la revivieron y le curaron la pata con papel de cigarro. Solo Dios sabe cómo sobrevivió.

Era costumbre por las mañanas ir a trabajar al campo. Carla odiaba la finca. Era como un castigo para ella. Su hermano Marcos era terrible. Cuando cargaban cuesta arriba el saco de ayotes se lo soltaba, los cuales salían  rodando. Carla lloraba hasta que su hermano mayor Gerardo se conmovía y se los iba a juntar. Eso se repetía a menudo  y hacía que Carla odiara cada vez más la finca.

Otro día al pasar por la fililla, su hermano berreó como un ternero a la vaca recién parida que se lanzó sobre las niñas, haciéndolas  correr asustadas. Carla no pudo saltar el tronco que estaba sobre la ladera y se cayó, saltándole  la vaca por encima, pero sin tocarla. Carla aferrada a una palma de palmito de montaña intentaba  subirla sin lograrlo, Mientras  Marcos se le salía las lágrimas de tanta risa por aquel cuadro tan divertido para él. Nunca pensó  lo que podía pasar si la vaca embestía  a las niñas.

En otra ocasión, por falta de pasto para el ganado tuvieron que alquilarle un potrero lejano a Natalio Villanueva.  Fue precisamente   Gerardo y  Carla, a quienes  les tocó llevar aquel ganado bravo. Llevaban una vaca guía que le decían “Abuela”. Carla sintió un susto enorme en sus entrañas, solo la madre supo leer el miedo en su cara,  pero no podía hacer nada.  Jamás podía contradecir la orden de su esposo. Con  las manos en  la cabeza de la niña  le dijo:

 __Tenga cuidadito hija mía.

El ganado babeaba en su espalda. Gerardo la miraba con horror, ella sentía en sus manos el rebote del palo de madera con el que le daba a la vaca en las caderas huesudas donde parecía no sentir nada.  Cuando el ganado estaba muy cerca Gerardo viendo el peligro latente le gritó:

__”Escóndase”- y como un eco en sus oídos se oyó a lo lejos –“a la derecha nooo”, pero Carla ya estaba inmóvil acuclillada en un matorral. Al rato cuando no se escuchaba el tropel del ganado intentó moverse, no lo podía creer, pero estaba en medio de unas palmas de pejibaye y así salió,  no se podía contar las espinas en sus pies. Tuvo la madre que calentar  cebo  y ponerle muchas veces en las espinas,  para que le maduraran; luego su papá las sacara con la cuchilla que andaba en su cinto como era costumbre.

Así pasó Lety,  pariendo niños en la casa sola y en la tarde lavando sacos de  ropa en la quebrada, levantándose temprano a moler una canasta de tortillas,  ordeñando vacas, buscando los nidos de las gallinas , pero sobre todo amando la soledad del campo, la paz de la montaña, el canto de los pájaros . Esos fueron los momentos más cercanos a la felicidad que conoció.

Él, era el de los negocios, trabajaba en el campo, cazaba en la montaña y amaba la finca aunque nunca se apegaba a nada.

Pasaron unos diez años cuando de nuevo el trick, track de la carreta,  las chuicas y los chiquillos gritando y corriendo atrapando  gallinas  anunciaron nuevamente el comienzo de una picada en la montaña virgen.

Así pasaron la vida sin apegarse a nada, vendiendo y comprando, la mujer  en silencio,  y el hombre en sus andanzas  hasta que llegaron los años de la vejez.  Abandonó a su esposa  por otra más joven, los hijos se dispersaron y dejaron de seguirle en sus aventuras. Grabadas quedaron en el equipaje de los recuerdos,  el  color negro de la tierra, el olor de la lluvia en los sembrados, el humo del viejo fogón, el aroma de las tortillas, el ganado bramando en el corral, el sonido unísono de los caballos, el canto al amanecer de los gallos,  el eco de recuerdos que con los años desaparecen… Cuentan que esa pareja que de joven se adentraron en los montes  para desgastar sus vidas, nunca tuvieron nada…. Solo dejaron  huellas en la montaña.

 

 

 

Autora: Mariluz Calderón Barboza.

Escuela San Luis – Circuito 01

Primer lugar Certamen Circuital y Regional Roxana Obando Jiménez.

 

 

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