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Dirección Regional de Educación Grande del Térraba
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LA LEYENDA DEL TIGRE DE AGUA.
Cuenta Don José Torres, vecino de la comunidad indígena de Cabagra, que durante los meses de invierno más de un coterráneo se ha topado con uno de los seres que mayor temor difunde entre los indígenas de la zona… el Tigre de Agua.
Un domingo de octubre Don José asistió, como es costumbre, al Festival Indígena Cultural de Cabagra. Alistó su caballo, un animal nuevo y fuerte, bien presentado con su montura de cabuya con cuerdas de cuero de vaca elaboradas por el propio José, la pechera de puro mecate de cabuya; cosechado al lado atrás de la casa, sin faltar el machete con su funda y el foco envuelto en una bolsita plástica para que no se mojara, además agregó entre la decoración de su compañero de viaje un plástico negro, por ser tiempo de lluvias.
Durante el viaje tuvo que pasar el río Cabagra “por dentro”, hermoso regalo de la naturaleza que adorna la exquisita vegetación de la zona, pero a la vez peligroso por sus fuertes corrientes de agua. Pero esto no preocupó al viajero, ya que su fiel compañero era un experto para enfrentar esos habituales obstáculos.
Al llegar a su destino disfrutó de todas las actividades programadas por los mayores (personas dirigentes del pueblo) y los maestros de cada pueblito acompañados por sus estudiantes cantaron y bailaron “El gallo Bolo”, famosa canción compuesta por Jacinto y su popular acordeón. ¡Ah! ¿Pero cómo participar de todas las actividades sin probar esa exquisita chicha de fermento de maíz que hacen en San Rafael de Cabagra?
Las horas pasaron, Don José cantó, bebió, gritó, bailó y compartió con sus amigos hasta que el estañón de chicha, ya vacío anunció que era hora de volver a casa y buscar un fuerte aguadulce para la resaca del día siguiente.
El agua ya había empezado a anunciar su presencia con la llegada de la noche, pero nuestro personaje venía preparado para la ocasión, foco y plástico.
Al ir a buscar su caballo, que lo había dejado pastando suelto en la plaza de San Rafael, logró divisar a la vieja Juliana Flores, quien le recordó que ya era muy tarde y que él debía pasar por donde rondaba el Tigre de Agua, era bueno que se quedara, que ya otros habían desaparecido a causa de esa bestia. Don José se carcajeó y le insinuó a la vieja que ella lo que deseaba era dormir acompañada por un buen macho, pero esa noche no se iba a conceder el milagrito. Luego de escuchar un puño de palabrotas por parte de la mujer, José montó su caballo a mil penurias y despidiéndose con gritos y retahílas desapareció por entre la calle de tierra y zanjas llenas de agua.
Antes de llegar al río Cabagra un fuerte olor a azufre revuelto con barro rojo lo espabiló nuevamente, el río se escuchaba lleno pero no era demasiada el agua que tenía. Don José pensó que el agua no era mucho problema para que su joven y valiente amigo lo pasara por lo que se dispuso a encender su foco para inspeccionar la situación.
Su caballo ya sabía el procedimiento, debía avanzar por el borde del río hacia arriba hasta chocar con las rocas y luego lanzarse para llegar al paso del otro lado, ¡no era una faena tan difícil! Pero cuando los compañeros nocturnos iban por medio río el olor a azufre con barro se hizo más fuerte y un varonil zumbido aturdió los oídos de los dos y a José le puso los pelos de punta. Río arriba se escuchaban pleitos de perros revuelto con gatos y cada vez más cerca, el caballo empezó a resoplar con fuerza y José sintió como su compañero se soltó en un temblor descomunal. Don José empezó a alumbrar con su foco para ver si era un árbol o algo que venía de arriba, pero las piedras empezaron a chirriar y sintió cómo el agua se hacía cada vez más espesa, lo que inmovilizaba al caballo, De pronto la luz ya opaca se reflejó en unos ojos achinados muy profundos que se acercaban con gran rapidez, acompañados de unos colmillos muy blancos y un rugido que paralizaba cada célula de las dos almas que se encontraban en ese momento en medio río y a oscuras. De repente sintieron cómo una inmensa fuerza los alzaba en el aire y a la vez una gran capa oscura y muy fría los tapaba por completo. En cuestión de segundos Don José se vio flotando solo entre borbollones de agua, espuma, barro y cantidades de ramas y piedras que le dejaban huellas muy profundas en partes de su cuerpo.
No se explica cómo sucedió todo, ni que era esa descomunal fuerza que los atacó a él y a su amigo, pero al día siguiente, a quinientos metros del paso del río, Don José despertó mojado, embarrialado y con muchas heridas por todo el cuerpo. A miles costos se levantó y empezó a buscar a su gran amigo río arriba y río abajo, pero nada. Aquel animal tan valiente y fuerte había desaparecido sin dejar huella, ni rastro.
A los días, algunos amigos de Don José ayudaron en la búsqueda, pero casi en la desembocadura del Cabagra, solo encontraron la pechera ensangrentada y guindando de una rama de espabel, a unos setenta y cinco metros del suelo, no se pueden explicar cómo llegó allí. Don José asegura que esa noche el Tigre de Agua los cazó a él y a su amigo, lo que no se explica es por qué sobrevivió. Algunos dicen que el Tigre de Agua lo dejó vivir para recordarle a las personas nunca desafiar la naturaleza.
Don José estaba acostumbrado a mirar cómo se formaban las crecidas en los ríos; pero esa noche reconoció que un ser sobrenatural perdonó su vida y cobró la de su gran amigo.
Autor: Henry Sibaja.
Centro Educativo Veracruz.
Primer lugar en leyenda Certamen Óscar Valverde Acuña. 2010. Nivel circuital y regional.
LA LEYENDA DE LOS SIETE DIABLILLOS
Dicen los abuelos de aquel lejano pueblito, allá en Buenos Aires, un pequeño rincón de tierra al sur del país, por ahí de los años 70. Llegó en un fresco atardecer un hombre alto, de tez clara, ojos expresivos y negros como una noche de invierno. Con una frase suave y quizá misteriosa para el lugar saludó, justo en el bar de Don Chepo, donde se reunían los amigos a jugar naipe apostado y a compartir los pormenores de la semana.
De todo podían hablar, tanto de trabajo como de negocios y ahí mismo sentados en aquellos viejos y rústicos bancos de madera sacada sin cepillar de las entrañas de la montaña que rodeaba aquel pequeño pueblo. Las horas transcurrían y a veces los sorprendía la mañana vomitando el mal de panza de tanto guaro de contrabando que don Chepo podía llevar cada semana a su cantina sacada en el cerco. Esa no parecía una noche cualquiera. Aquel hombre se paró frente al mostrador y pidió un trago de agua ardiente, parecía conocer un poco las costumbres del lugar a diferencia de los lugareños que lo miraban de reojo y se participaban miradas de incertidumbres entre ellos.
Fue Felipe Gutiérrez, quien rompió el hielo y se acercó para entablar conversación con el recién llegado. Felipe, quien siempre vivía soñando con grandes propiedades y dejar de sufrir las penurias de la maldita pobreza en que vivía con su familia a poca distancia del pueblo. Esa noche, todos siguieron jugando mientras Felipe atendía al hombre.
Fue la madre de Felipe quien a buena mañana salió preguntando a los vecinos cuando volvería el padre a dar misa en el pueblo. Doña Lela que no podía sostener un secreto, pero menos quedarse con una duda se le acercó y le dijo:
__ no recuerdas que vino hace dos meses. Así que de nuevo vendrá en dos meses más aproximadamente, pero cuál es tu preocupación. Tal vez pueda ayudarte.
La madre desesperada aflojó la lengua y dijo_
__No vez que mi hijo está condenado. Se lo va a llevar el mismísimo diablo.
__ ¿Cómo dices mujer? ¿De qué hablas?
__Yo sé de lo que hablo – dice la madre y soltó el vivo llanto frente a la mujer confundida que no sabía cómo consolarla.
__Cuéntame ¿De qué se trata?
__Anoche después de que llegó mi hijo a casa me levanté por el ruido de la puerta y noté que los gallos anunciaban la madrugada en la calma de este pueblo. Como madre presentí que algo no andaba bien y por eso me acerqué a él. Le pregunté cómo le había ido en el viejo bar. Solo fue necesario que levantara su mirada hacia mí para entender que estaba condenado.
__ ¿Cómo dices?
__Sí. Había una expresión de culpa en la mirada y un escalofrío recorrió mi piel poniéndome los pelos de punta. Se acercó y… no pudo más… Al rato le pregunté: __ ¿Qué has hecho hijo mío? – A lo que me contestó:
__Madre, llegó a la cantina de don Chepo un hombre todo vestido de negro. Sus ojos brillantes solo buscaban un alma donde posarse y se me acercó para conversar. Al paso del tiempo me percaté, pero ya era muy tarde. Me propuso algo espantoso y ahora no sé que voy a hacer. Mamá no quiero ir al infierno…
__ ¿Dime hijito? Y tranquilo. Que Dios no desampara a sus hijos. - Pero lo que continuó contando me aterró. – Ese hombre, mamá me ha vendido esto – dijo - Y abrió sus manos para que yo viera. Eran siete hombrecillos pequeños como mi pulgar, tan reales que me miraron con aquellosojos chispeantes y con un pequeño rastrillo en las manos parecían listos para empezar un trabajo. – No te digo los gritos que pegué. Fue Felipe, el que con una cara de espanto continuó diciendo… y sabes mamá, el hombre me advirtió que estos hombrecitos me darán todo lo que yo haya soñado en la vida. Lo único que debo hacer es venderlos por cualquier poco de dinero. Pero, eso sí, debo hacerlo antes de que pasen siete años, porque sino el mismo demonio me llevará en persona al infierno. Mi sorpresa fue tal que no tengo paz.
__ ¿Y cómo podrías mujer? – Dijo su vecina – que ya mostraba un sudor frío recorriendo su frente y un rostro muy pálido.
Desde ese día ni siquiera el saludo volvió a darle a doña Lela. Los años siguieron y cuando ya se acercaba el sétimo año. Sólo faltando unos días, Felipe cayó en cama con un ahogamiento que torturaba su pecho. Dinero era lo que le sobraba en aquella casa llena de tantos lujos. La madre cayó también en la tentación y ya no se veía en aquel lugar. Sólo se escuchaba que viajaba con viejas amigas de su juventud por Europa y Estados Unidos. Fue la fiel esposa de Felipe que vivió a su lado tanto la riqueza como la enfermedad, quien atendía el cuerpo cada vez más débil de su esposo en silencio. Doctores venían e iban y Felipe no mejoraba.
Por fin a petición de una nota enviada por su nuera volvió al viejo pueblo aquella madre a terminar su destino dictado años atrás. Era tarde de la noche cuando se escuchó el ruido de un viejo carro, parar frente a la hermosa casa, envidia de todos. Bajó del vehículo la madre y con un semblante tranquilo se acercó a la cama de su hijo que le esperaba.
__Madre, dicen que Dios es cucha las peticiones de una madre. Por favor pida mi perdón.
En otra fresca noche de un día en calma de aquel lugar a media noche para ser exacta, se escucharon los gritos horrorosos de un hombre que pedía perdón…La gente que vivía más cerca, cerró la puerta y se escuchaba rezos por todas partes, pero no fue suficiente. Cuentan los que ahí vivían que con todo y cama vieron a Felipe suspenderse en el aire gritando desesperado:
__No vale la pena. Me quemo, me quemo. Ayúdenme. Hasta que al cabo de un rato desapareció con un eco y un gran silencio fue la compañía del lugar.
Todos saben lo que pasó. Pero nadie habla de aquello. La gente trabaja sin protestar desde aquel día. Sólo la madre solitaria camina hacia la iglesia y se le ve mirando la imagen de Jesús, quizá espera una señal para saber dónde está su hijo Felipe.
Autor: Mariluz Calderón Barboza.
Escuela Las Lomas
Segundo lugar en leyenda Certamen Óscar Valverde Acuña. 2010.
Nivel circuital.

