top of page

 

LA ESCUELA DEL RESGUARDO

 

__Ya excedió mi paciencia, todo se ha acumulado hoy. Ya no logro superarle un solo berrinche más.

__Pero amor, no es culpa de él, tampoco tuya, simplemente la suerte no nos ha favorecido. Algún día aprenderá.

Levantándose de su silla y alzando su tono de voz aún más agresivo responde:

__Te he dicho que ya no más, Alejandra, lo mismo me has estado diciendo por los últimos nueve años, y yo no logro ver ningún pequeño progreso, simplemente él no es mi hijo. No puede ser mi hijo…. Y así durante los siguientes instantes, Antoni siguió negando la aprobación de su hijo.

__Dime entonces, Antoni ¿Qué piensas hacer con nuestro hijo?

Mantuvo silencio por un momento. Luego agregó:

__Existe un lugar. Una escuela para hijos como Greg, niños con trastornos, personas rechazadas que simplemente no se merecen mi paciencia. Es un internado. Ahí entran y a los años, cuando salen, lo hacen casi totalmente curados. El gobierno no sabe de esta escuela, pocas personas saben de su existencia. Por un poco de dinero arreglan esa clase de problemas.

Dos gruesas lágrimas escaparon de los ojos de Alejandra, resaltando en el rojo de su vestido.

__Pero una vez internados no nos permitirán verlo con frecuencia como me gustaría. –Adivinando los pensamientos de su esposo en ese momento, se levantó de su silla y en loca carrera llegó al cuarto de su hijo y cerró la puerta. No hicieron falta muchos minutos para verla derribada por la furia de su esposo. Cargaba un arma en la mano que cegado por la ira y en forma despiadada descargó contra ella, quien se mantenía protectoramente frente al cuerpo pequeño de su hijo… un tiro que no pretendía perdonar aquella inocente vida. Sin otra opción, aquel cuerpo inerte fue cayendo al suelo poco a poco, mientras su espíritu se soltaba y se alejaba piadosamente de su humanidad.

Una brisa entró por la única ventana abierta, aquella brisa helada le produjo un gran escalofrío, sus pasos lo llevaron hasta donde se mantenía el cadáver de su esposa, asustado por lo hecho, la abrazó, brindándole con dicho acto la última muestra de amor y consolación. Una cálida brisa fue testigo de aquella despedida. Tomó entonces a ambos y desapareció en la negrura de la noche. 

Después de deshacerse de aquella primera molestia, metió a la criatura más pequeña en un saco, la introdujo con algo de esfuerzo en la cajuela de su auto y se puso en marcha. Fue un viaje corto, lleno de ruidos, sin embargo parecieron una eternidad angustiante. El motor medio ahogaba el llanto histérico de un niño. Al irse acercando a su destino, una sensación extraña se sentía en el corazón de Antoni, como unas cosquillitas, tal vez de placer o de pesar por resolver un problema largamente guardado. Con un golpe en su pecho trató de ahogarlo.

El auto se detuvo frente a un ruinoso edificio, que daba albergue a una supuesta clínica privada por el logotipo que pendía escasamente de un hilo en la parte alta de la entrada. Abrió la puerta del vehículo, seguidamente la cajuela, luego…un pequeño bulto humano fue recostado a la puerta del internado, a sus pies una caja con algunos billetes y una breve carta, pidiéndole se hicieran cargo de la criatura.

Unos golpes fuertes en la puerta, unos chirridos de frenos dejaron pintadas unas huellas de vehículo frente a aquel falso albergue. Después simplemente el auto desapareció en el camino bajo el llanto que caía del cielo. Seguidamente una tormenta se desató. Probablemente haya sido plena coincidencia o simplemente un llanto de una mamá apiadada del dolor de su hijo. El estruendo de un arma se escuchó como aviso de que algo sucedía algunos metros más allá de la puerta del edificio.

El viento empezó a soplar, seguidamente aquella prisión tenebrosa pareció engullir el envoltorio ahí dejado, cuando la puerta se abrió y una figura masculina fantasmagórica apareció y abrió el saco. Indícale con la mano que entrara y así lo hizo Greg. Aquel disparo no pareció llamarle la atención a nadie, pues muy pronto estaba tan solo en la estancia como minutos antes.

Poco a poco se alejó de la entrada y con pasos vacilantes inspeccionó el lugar. Había avanzado bastante y no lograba ver a nadie más. Llenándose de curiosidad por los nuevos descubrimientos, pronto reparó en un largo vestido negro que pendía de una parte alta en un cuarto abierto. Se sintió llamado por aquella prenda, la jaló, pero… gran error. No había ninguna mujer dispuesta a abrazarlo, ni a calentarle o darle cariño. En cambio en su lugar, se encontró con la cara de un viejo mal encarado que de una patada lo lanzó por los aires. Enseguida con gesto hosco dijo:

__ ¿Qué desgracia de niño se supone que hoy me viene a arruinar mi día? Yo no soy un desgraciado almohadón y estoy lejos de serlo, ahora aléjate de mí pinche traje o te causaré un grave dolor.

A sus gritos acudieron otros niños. Tantos que ya no se podían contar con los dedos de una mano. De entre ellos uno de ellos, valientemente dijo:

__ Mi señor, este niño nunca lo hemos visto, debe ser nuevo. Con todo respeto, maestro, ya no le pegue más. El no conocía las reglas.

__ ¡Ah sí! ¿Con qué nuevo?... pues, a mí no me importa. Se burló de mí y en mi cara, como si fuera un pinche criatura… pues no lo soy. Que te quede bien claro, mocoso. Si me tratas una vez más como un juguete, te juro que ya no podrás contar hasta diez con tus dedos. 

Después de la discusión el maestro se retiró. Los seis niños que presenciaron aquel espantoso castigo se acercaron y le ayudaron a Greg a levantarse. Seguidamente se presentaron.

__ No te preocupes, así es con todos. Es solo un profesor. Mi nombre es Austin y tengo epilepsia o algo así.

__Yo soy Pamela y soy ciega.                    

__ Mi nombre es Cristhofer y así como tú me ves, mi amigo me carga porque no puedo caminar.

Otro señalando con su dedo y saltando dijo:

__ Él se llama Alan y es mudo. Yo soy Ricardo. Soy autista y él es Emilio, pero es ciego.

De pronto una diferente expresión cambió la cara de Greg,  esta vez no sabía con qué expresión decorar su cara, se sentía feliz de contar con personas amables, pero estaba totalmente impactado por la forma de presentarse, así que rápidamente tomó una decisión, simplemente no diría nada.

De pronto los niños empezaron a especular en sus oídos:

__ ¿Será sordo, o quizás mudo? –se escuchó decir. Otro niño se acercó y dijo: 

__No temas. Tranquilízate. Solo es nuestra forma de darte la bienvenida.

Greg respiró hondo, se limpió las lágrimas y dijo:

__ ¡Hola! … yo me llamo Greg. Sufrí una lesión cerebral al nacer. Desde entonces he oído que soy duro de entendimiento.

__Pues, bienvenido a nuestra familia –dijo Pamela – que alegría oírte hablar.

De pronto todos los niños formaron un círculo.

Al terminar, un niño apoyándose por la pared  llegó al cuerpo de Greg, empezó a tocarle la cara y después de encontrar su boca le expresó:

__Greg, tenemos una hermosa noticia. De hoy en adelante serás mi nuevo papá.

Greg estaba totalmente confundido, no sabía a qué se referían. -¿Será un juego? -se preguntó.

__ ¿A qué te refieres? –preguntó.

Ellos extrañados se miraron entre sí. Entonces, el niño retiró la mano y preguntó

__ ¿acaso tienes mamá y papá?

__ Pues. No. Digamos… que ya no los tengo.

__ Bueno, mira, a cada uno de nosotros nos han olvidado en nuestro hogar. –Dijo con un tono de voz emotivo- Esta escuela es una cárcel. Sin padres, ni familia, solo contamos con nosotros mismos. –el coraje surgió de dentro reflejándose nuevamente en su voz – lo que quiero decir –prosiguió -  es que, al tiempo de estar aquí olvidados, te hace falta un poco de amor, alguien que simplemente se tome la molestia de decirte te quiero –algunas lágrimas bañaron los rostros presentes y Greg no fue la excepción –entonces inventamos nuestra propia familia. –prosiguió. -Cada uno de nosotros adopta un papel en la familia y debe cumplir con él… La idea es que juntos venzamos a nuestra desgracia.

II

Al llegar Greg a aquella desgraciada escuela, no logró encontrar ninguna explicación más que un bajonazo en su vida; después de conocer a su familia simplemente descubrió que no fue una desgracia, el haber perdido a su madre, la única que le proporcionaba amor, porque ahora contaba con tres mamás y una familia contenta de amarlo. Por esta razón simplemente dijo “gracias”, palabra  que no salió de su boca, sino del fondo de su corazón…No se necesitó una explicación, solo una lágrima que nunca llegó al suelo, sino que se congeló en la sonrisa de sus nuevos amigos.

De pronto se hizo presente el director de la escuela. Se hizo un gran silencio. Greg al ver las caras de sus familiares, simplemente adoptó su misma expresión, pues parecían máscaras sin sentimientos.

__Creo que estoy viendo un nido de ratas desveladas –dijo –me pueden explicar, desgraciados animales, ¿Qué putas se supone que están haciendo aquí?, ¿no les bastó con arruinarme ya…? Cristhofer, tres pasos al frente, ésta es tu tercera infracción de la semana.

Sin necesidad de dialogar, simplemente le señaló al niño una pared con un banquito, el vacío de ese pequeño banco paralizó cada célula del pobre niño y como en un campo de concentración, le empezó a pegar. El pequeño parado sobre sus propios líquidos lloraba de a poquitos, resguardando el dolor en todos sus nervios. Su ropa fue manchándose poco a poco de sangre y algo más, producto de los continuos chilillazos con aquel instrumento menudo como cola de caballo pero picante y con puntas de metal. Un sudor frío bañó a todos los presentes. Después del infringido castigo simplemente dijo:

__A dormir Anomalías.

El panorama que se pintaba era escalofriante, un banco volcado, una pared salpicada con sangre, un niño ahogándose en lágrimas, sudor y sangre y seis caras blancas, pálidas y mudas de espanto. Seguidamente los niños ayudaron a su compañero y se dirigieron en una fila totalmente recta hacia sus dormitorios. Greg simplemente los siguió. El pánico que dejaba sus respiraciones se podía palpar en el aire. Al llegar se acostaron, pero pudo dormir muy poco, víctima de pesadillas recientes.

Cada escena de la película vivida por Greg, se recreaba una y otra vez en sus sueños. ¿Sería que aquella pesadilla lo perseguiría todos los días de su vida? Entonces en el silencio de la noche lloró silenciosamente. Ya muy de mañana el cansancio logró vencer sus miedos.

La vida prosiguió su marcha lenta y dolorosa. Aquellas infringidas humillaciones no fueron las únicas vividas.

Una ambulancia lo despertó una mañana. Todos los niños alterados por aquel ruido bajaron en carrera. Vaya amanecer aquel. Entre lágrimas fingidas, recibieron la noticia, mientras una sonrisa a escondidas alumbró cada rostro. El señor Rodolfo, el director de la escuela, había fallecido la noche anterior. Fue llevado en una camilla hasta las puertas de la ambulancia. Estas se cerraron ocultando la sábana blanca con la que lo habían cubierto. Se lo llevaron a la morgue del hospital, siguiendo el protocolo establecido en estos casos, pero realmente ya no había esperanzas de que regresara a la vida.

Después de su ida, un silencio inundó la vieja escuela, pero entre aquella mudez pequeñas sonrisas surgían de cada niño, no estaban contentos de su pérdida sino por lo que significaba aquella muerte: unos días de paz.

Diferentes noches y lunas pasaron, sin ninguna pista del sustituto. Hasta que en una noche de abril, un llamado a la puerta se escuchó. Era la primera vez desde la pérdida del director. Unos instantes después, todos los niños se acumularon en la escalera, esperando al valiente que decidiera abrir.  Los golpes insistieron. Ningún profesor hizo indicio de acercarse a abrir, posiblemente al igual que ellos temían alguna otra persona llena de maldad cohabitando con ellos. Entonces Greg bajó las gradas y con pasos de duende se acercó y abrió la puerta.  Todos esperaban temerosos… la adrenalina parecía querer salírsele de las venas.

El chirrido del cerrojo era aterrador, poco a poco fue abriéndose esta para dar paso a la forma de un hombre alto, corpulento y lleno de pequeños orificios en su piel que enseguida entró, se quitó el sombrero y extendiendo su mano saludó a Greg.

Vaya sorpresa. Los niños y profesores se acercaron. El visitante nuevamente repitió el proceso al saludar a cada uno de los allí reunidos. Once en total. Su voz brillante se escuchó:

__Buenas noches. Mi nombre es Antonio Torres, soy el único pariente del señor Rodolfo. Estoy dispuesto a continuar dirigiendo esta escuela. Espero conocerlos mejor. Después bajó el tono y preguntó por el lugar donde se reunían los profesores. Todos le señalaron el sitio y hacia allá se dirigió, mientras hablaba a un pequeño aparatito.

Ahí se encontraron el nuevo director y los once profesores. Los niños apenas recién iniciaron los juegos, mudos ante la incógnita de cómo sería el nuevo director, cuando de pronto, unos fuertes golpes se escucharon y los pasillos de la institución se vieron invadidos por policías uniformados de color azul. La madriguera de profesores apenas fue que tuvieron tiempo de ponerse de pie y hacer algo más, porque muy pronto muchos de ellos se vieron en el suelo o contra la pared y esposados.  Los chicos se arrinconaron bajo las mesas de un aula, mientras espiaban atemorizados aquel ajetreo.

Una tras otro pasaron los siete profesores esposados y cuatro más con las manos sobre la cabeza. Entonces, se atrevieron a salir de su escondite. Una oficial en compañía del nuevo director se acercó y dijo:

__ Mi nombre es agente Brad. Al fallecer el señor Rodolfo descubrimos que su identificación era falsa. Su nombre era Josué y era fugitivo de una cárcel desde hace más de dos décadas y había desaparecido todos estos años, por lo que decidimos investigar y descubrimos esta escuela ¿Habéis sido maltratados viviendo aquí? … todos con la cabeza dijeron sí.

__ Me lo imagino. Esto no es una escuela. Solamente una pantalla para resguardar  a rufianes.

Todos los niños se volvieron a mirar entre sí y preguntaron a coro:

__Y ¿ahora qué será de nosotros?

__ Les buscaremos un hogar donde si los quieran –contestó el señor agente sonriendo.

De pronto los pequeños se percataron que los otros cuatro profesores no esposados ya no estaban y se lo informaron al oficial. El giró órdenes y el resto del cuerpo oficial se movilizó, pero el señor Brad se quedó con ellos cuidándolos. Enseguida ordenó:

__Empaquen chicos. Ya terminó la tortura. Vamos a llevarlos a un lugar mejor.

Un calorcito se instaló en sus corazones. La puerta se abrió y cada uno con sus pertenencias bajo el brazo fue saliendo al mundo exterior.
Sonrisas se generaron inmediatamente. Quedaban viejos recuerdos encerrados en aquellas cuatro paredes. Cicatrices que hablaban de maltratos, días de hambre, años de tortura, noches de dolor, lluvia de terror, lágrimas de desesperación.  Pero también la incertidumbre poco a poco llenó sus jóvenes  almas al llegar al hospicio donde los llevaron ¿Separarían a su familia?

Corazones reparados, sonrisas en el día y en la oscuridad, recuerdos que crecieron igual que una flor, un milagro que se generaba solo, pero con mucha fuerza se fueron suscitando poco a poco.

Greg se fue quedando de último. Aquellas imágenes grabadas en su mente le recordaron su rechazo anterior, tenía que dar un gran paso, o tal vez un paso pequeño, ¿Qué pasaría después de salir de ahí? ¿Qué resultaría de su vida? Estas y cientos de preguntas más inundaron su cabeza, pero ninguna con respuesta. Aquella mala experiencia, ¿sería realmente un bajonazo en su vida? ¿O vendrían otras como aquella?... De pronto una ráfaga de viento lo empujó y fue obligado a salir de sus pensamientos, olvidando por el momento su incertidumbre. El bullicio y el juego de los niños lo fueron sumergiendo en el ambiente circundante como si nada hubiera pasado. Como si el día en que su padre lo hubiera dejado ante aquella puerta se hubiera devuelto en el tiempo y él nuevamente lo recogía y empezaban ambos una nueva vida; pero ahora su papá, tenía un rostro muy parecido al tío que permanecía en una foto en la sala de su casa.

 

Autor: Ignacio Vieto Fonseca.

Sétimo año: Centro Educativo Pindeco.

Primer lugar Festival de las Artes Secundaria 2012.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA DURA HISTORIA DE LA VIDA.•*¨♥✿

 

¿Cómo la sociedad puede discriminar, apartar o alejar a las personas solo por no tener dinero o por el contrario tener demasiado? ¿Por qué será que es tan difícil  convivir en paz y armonía?

Este es el caso de una muchacha hermosa, inteligente, de gran corazón y que lo tenía todo: dinero, carros, casas, empleados y nanas las veinticuatro horas al día estando a sus órdenes.

Bárbara o comúnmente llamada “Barbby” como toda joven tenía sueños, ideas, metas y propósitos, entre ellos conocer la amistad y el amor desinteresado. Muchas veces soñaba como sería vivir un día en absoluta pobreza, pero cuando despertaba de aquel sueño confuso se volvía a rodear de lujos y comodidades.  

A pesar de todo su dinero, no era feliz, ya que solo vivía con su padre, quien nunca estaba en casa, siempre pasaba trabajando en su oficina o en viajes de negocios, todo por ganar más dinero. A la casa rara vez llegaba y cuando lo hacía era solo para descansar.

Realmente nunca compartían en familia, no sabían lo que era comunicación, lo que era convivir como padre e hija. Cada vez que Bárbara intentaba compartir con su padre terminaban discutiendo su falta de tiempo, lo cual lo hacía enfadar más. Siempre terminaba diciéndole:

__ ¡Es por tu bien! , no ves que sin dinero no tenemos, ni somos nada. ¡Entiéndelo Barbby! -La joven muy enojaba le reprochaba:

__ Acaso no tenemos suficiente ya. ¿Por qué no lo entiendes tu papá?

Frustrada y llena de rencor en su corazón, solía después de dichas discusiones encerrarse en su cuarto y no decir nada por varios días.

Un día de tantos, después de una larga jornada lectiva de colegio decidió irse a distraer un rato a la biblioteca con algunos de sus amigos. Como toda adolescente, a su edad le solicitó permiso a su papá, pero no le dijo toda la verdad.

El  tranquilamente la dejó marchar, consumido en sus propias preocupaciones.

Ella desilusionada por su poco interés, se alista y sale de su casa. Una vez ya en la discoteca la joven conoce a un hombre de unos 30 o 35  años, quien la invita a un trago. En forma amigable vacilan. Le cuenta muchas cosas, él la consuela y escucha.  Después de varios tragos, comienza a sentirse mal, entonces repara en que sus amigos no han aparecido, posiblemente habían cambiado su opinión en cuanto a reunirse. Revisa su celular, pero la vista se le nubla y su cabeza se le ha vuelto pesada. Alguien le quita el teléfono de las manos, poco a poco se siente empujada hacia  afuera del establecimiento. De pronto un golpe sordo le hace perder el conocimiento.

Cuando se despierta se encuentra encerrada en un cuarto. Entonces se da cuenta que ha sido abusada sexualmente. Sin embargo, no recuerda nada de lo sucedido. Aquel golpe la había dejado con la mente en blanco, como una hoja de papel de un cuaderno nuevo… sin recuerdos. Solamente los que estaba construyendo a partir de ese momento. Mientras tanto, en su casa apenas sospechaban su ausencia.

Pasaron los días. Su padre al ver que no volvía empezó a buscarla con detectives. El secuestrador se entera por los medios de comunicación y asustado por ser atrapado, huye del lugar dejando a Bárbara abandonada en un casi desierto pueblo de la frontera que encontró a su paso. Ahí solo soledad e injusticia había. Ahí la deja sola, sin saber que dentro de su vientre crecía un nuevo ser, producto del abuso continuo.

Ella deambula por las calles, no sabe qué hacer, ni a quién recurrir.

Los habitantes comienzan a tratarla y se dan cuenta de que la joven no recuerda nada de su vida anterior y deciden protegerla. Mientras tanto su padre destrozado busca a Bárbara sin consuelo.

Pasaron los años y Bárbara comienza a tener recuerdos muy vagos de cómo era ella y su vida anterior. Su hija crece aún más y la idea de no darle todo lo que se merece la frustra.

 

Un día aparece una señora turista, muy elegante, de unos 45 años de edad, que como ángel caído del cielo llega al vecindario y la conoce. Al darse cuenta que ella no recuerda nada de su pasado decide ayudarla, pues entre su parentela hay distinguidos médicos. Se la lleva con ella a la ciudad y a su país.

Roxana, que así se llamaba la señora, pertenece a una asociación pequeña que le brindaba ayuda a los más necesitados. Lamentablemente los recursos siempre eran insuficientes. Ella consigue ayuda para Bárbara.

Al cabo de tres años de recibir tratamiento periódico, la muchacha se encuentra repuesta. Recupera la memoria y lo primero que hace es salir en busca de su padre.

Una vez ya en su residencia toca el timbre; su padre que ya se encontraba resignado de la pérdida de su hija, de casualidad abre la puerta y al verla la abraza y llora. Le dice:

__Bienvenida a casa hija mía. –La toma en sus brazos y gruesas lágrimas de alivio y felicidad bajan por su rostro.

La joven entra  a la casa y procede a contarle todo a su padre, quien por primera vez en su vida la escucha. Al cabo de unas horas Bárbara le presenta a su hija y llorando su padre le dice:

__Hija mía perdóname. Sé que no he convivido contigo lo suficiente, pero juro que no cometeré el mismo error dos veces y pasaré contigo todo el tiempo posible juntos los dos. Tenemos que recuperar todo lo que hemos perdido.

Ambos se perdonan y regresan a vivir en el hogar de siempre. Ahora son una familia, más unida que al principio. La nieta se gana rápidamente el corazón del abuelo, que ahora solo quiere pasar todas las tardes en casa.

 

Autor: averiguar quién y de que institución educativa….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                 NUNCA FALTAN LAS TRAGEDIAS

 

Érase una vez, en un rincón remoto de Buenos Aires de Puntarenas, donde se localizaba una comunidad muy productiva, pero de reducidos habitantes. Los más pudientes que vivían en dicho lugar eran productores de hortalizas, productos lácteos y granos básicos; pero estos habitantes eran muy tacaños, no compartían con sus vecinos, no ayudaban a la comunidad ni prestaban servicio a la iglesia y al Colegio de Ujarrás aunque vieran que la infraestructura estuviera deteriorada por el tiempo y los estudiantes carecían de recursos económicos para facilitar su desempeño estudiantil.

Sus vías de comunicación eran terribles: pasaban ríos, huecos, barreales e infinidad de conflictos para desplazarse al centro de población más cercano, todos ellos aplicaban refrán de don Juan Peña: “por donde pasa uno, pasamos todos.” En este lugar encontramos familias importantes que daban trabajo a las personas como lo eran la familia Peña, la familia Rodríguez, Gutiérrez, Mora y otros.

Todas estas familias tenían rivalidades al querer poseer más tierras, mejores cultivos y buenos trabajadores.

Un día lluvioso pasó una tragedia, a Pedro Flores, encargado de una familia humilde, una de sus tres pequeñas hijas se le enfermó, pidió ayuda a don Rafael Mora, a Pedro Peña y a doña Francisca Gutiérrez pero no le quisieron ayudar porque se decía que ellos eran unos pobres y lo que deseaban era ir de gratis a la ciudad.

Pocos días después la niña falleció debido a la complicación de la enfermedad.

La familia tuvo que vender sus pertenencias y su pequeña parcela por los gastos que tuvieron, debido a que no tenían donde vivir Pedro Flores le pidió empleo a doña Francisca, la cual se lo dio enseguida. Al poco tiempo Pedro fue reconocido como uno de los mejores trabajadores de la hacienda. Le llegaron propuestas de otros lugares pero no aceptó.

Una mañana lluviosa el único hijo de la patrona se amputó una pierna con la caída de una estructura metálica. Francisca pagó el mejor carro y el mejor chofer para socorrerle, pero el camino no presentaba las óptimas posibilidades para ir veloz. Al llegar al río que debían cruzar, éste se encontraba sucio y muy profundo por las fuertes lluvias que habían caído. Lamentablemente el joven murió.

Al regresar a la hacienda, Francisca con su voz fuerte y altanera despidió y echó a gritos al chofer. Pedro con su voz tranquila y amable exclamó: “yo entiendo el dolor de perder a un hijo, yo perdí una por no tener el dinero suficiente para llevarla al médico, pero usted tiene hasta el dinero suficiente para contratar un chofer, pero no la voluntad necesaria para reunirse con los demás, aportar bienes y construir un pequeño camino”.

Doña Francisca pensativa, dio media vuelta y se dirigió a su habitación. Por muchos días reflexionó sobre lo dicho por su empleado. Una mañana decidió hacer algo al respecto. Convocó a una reunión. Las familias más importantes estuvieron ahí. Les explicó el motivo de aquella reunión y todos estuvieron de acuerdo en que había que hacer algo al respecto.

Luego de debatir unas cuantas horas, llegaron al acuerdo de donar cierta parte de sus ganancias para la construcción del camino. Además hablaron de las malas condiciones en las que estaba el Colegio y acordaron, junto con la Asociación de Desarrollo de la comunidad, realizar mejoras en la institución y así contribuir a acondicionar mejor la educación de los jóvenes.

Los habitantes de la comunidad realizaron fiestas y actividades de recreo que les permitió convivir y así rescatar los valores perdidos.

Durante este proceso de convivencia aprendieron que no debemos esperar una tragedia para pedir ayuda y solidariamente ayudar en la solución de los problemas.                                                     Autor: averiguar el autor y escuela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALICIA VA A LA CIUDAD

 

Érase una vez una niña que vivía en el campo, en un lugar muy cercano a la montaña, donde todo era hermoso. Había follaje y animales por todos lados. Se respiraba un aire puro y olía todo a naturaleza, a flores y a frutas… celajes maravillosos iluminaban el atardecer. El sol con sus rayos de oro doraba los techos y las copas de los árboles que se veían a lo lejos.

Alicia, era una niña feliz, de piel morena de tanto jugar y andar al sol: alta y gruesa pues se alimentaba muy bien, comía muchas frutas y verduras que abundaban donde vivía. Tenía el cabello largo y negro como el carbón.

Asistía a la escuela del pueblo. Era un hermoso lugar, pequeño, pero limpio y bien cuidado por los niños y las niñas. No se veía basura en el suelo, todo estaba en orden.

Desde tempranito la niña Anita esperaba a sus estudiantes llena de amor y sabiduría.

Alicia, vivía con sus padres, una pareja de valientes campesinos, que construyeron su casita en medio del campo. Estaba rodeada de árboles, todo el día se escuchaba el canto de los pajaritos desde el amanecer hasta el anochecer. Cultivaban y cosechaban lo que necesitaban para vivir, siempre cuidando de no destruir la naturaleza, que tanto amaban. Tenían algunas vacas que les proporcionaban leche, queso y natilla en abundancia y con el más rico sabor que puede haber existido. Por todos lados se escuchaban las gallinas que con su cacarear alegraban el ambiente. 

Un día, el papá de Alicia decidió irse a los Estados Unidos, pues los amigos le decían que allí había dinero por doquier; así que en una bolsa echó sus chuicas, se despidió de su esposa e hija y lleno de ilusiones se marchó en busca de fortuna.

La mamá de Alicia siguió en el campo trabajando y cuidando los animales, esperando el momento en que su esposo decidiera regresar.

Alicia ensilló su caballo, un animal grande y blanco como la espuma y salió al trote rumbo al río, el lugar que más le gustaba visitar. De camino las personas que se topaba la saludaban amablemente; todos la conocían y querían mucho. En un lugar de vista panorámica de gran belleza que había en el camino, se detuvo, respiró profundo y dijo:

__ ¡Que linda es la naturaleza! ¡Qué maravillosa es la creación de Dios!

Entonces, se preguntó ¿Cómo sería la ciudad? ¿Habrá árboles y animales como aquí? ¿Las calles serán de tierra? ¿La gente como viajará… en caballo o en carreta?

Un día cualquiera vino su abuelita de paseo. Ella le preguntó:

__ ¿Cómo es la ciudad? ¿Es tan bonita como aquí?

__Te llevaré para que la conozcas, vayas a la escuela y veas que lindo que es allá.

La madre le permitió partir pensando que era lo mejor para su hija aunque sentía que era devorada su alma por gran tristeza. Ese día se alistaron emocionadas, su mamá les preparó un delicioso almuerzo campesino con pan, café, natilla, tortilla y huevos picados…todo un banquete para el camino.

Al llegar la niña asustada miraba por la ventana del autobús los grandes edificios de colores, aquellas calles tan anchas y llena de carros, la gente que corría presurosa de un lado a otro. Las vitrinas de las tiendas se miraban llenas de cosas hermosas.

Al bajarse del autobús, su rostro se hundió en la más cruel decepción al ver la realidad de la ciudad: los caños estaban sucios, la gente tiraba la basura en el suelo por doquier, el humo de los vehículos molestaba las fosas nasales y causaba dolor de cabeza. Entre tanta basura no se podía caminar, menos respirar. Todo parecía un bosque gris de humo donde en lugar de verdes árboles se levantaban columnas de humo, basura y delincuentes. Hasta la casa de la abuelita le parecía fea, mustia y sin vida.

Pero aquí no termina la historia… al día siguiente muy de mañana salió con su abuelita para la escuela donde estudiaría. Otra desilusión más. Ahí todo estaba sucio, las paredes rayadas, basura por todos lados, no había árboles, ni flores, ni se escuchaba el canto de los pajaritos o el rumor del río… todo se veía tan triste. La vida que fluía en la naturaleza de su pueblo ahí no estaba.

La maestra, una muchacha joven, alta delgada y muy bonita; luchaba tratando de enseñar a los niños y niñas buenos hábitos, pero no había manera. En una ocasión durante el recreo se le acercó a Alicia, quien sentada en una esquina miraba a sus compañeros jugar. Conversaron por un rato y ella le contó del pueblito en el campo de donde venía, los árboles, los animales… de la naturaleza y todas sus bellezas. Entonces se le ocurrió ayudarle a su maestra a poner la escuela bonita, para convertirla en un hermoso lugar al que le gustase estar todos los niños.

__Claro que sí –le dijo ella, cuando escuchó su petición.

Al día siguiente la niña de nuestra historia llevó cajas de cartón, las había conseguido en la pulpería, las colocó en las áreas de juego y empezó a motivar a sus compañeros para que echaran la basura en ellas.  Al inicio ellos no querían hacerlo, pero entonces ella se dedicó a ir detrás recogiéndolas y llamándoles la atención. Poco a poco se fueron acostumbrando a tirar la basura en las cajas traídas.

Hasta le pidió a su tío que fuera a la escuela para que le ayudara a sembrar árboles y plantas, para embellecerla, él gustoso aceptó colaborar. La escuela sin basura y con algunas plantas alrededor se veía cada vez más bonita.

Un día Alicia propuso a sus compañeros:

__ ¿Por qué no lavamos la escuela?

__ Claro y no la ensuciamos más –contestó un niño.

__ Sí. Si para que se vea más bonita. –agregó otra compañera.

Entre todos, con la ayuda de la maestra y algunos padres que llegaron a colaborar, lavaron la escuela, quedó limpia y reluciente, las plantas a su alrededor le daban frescura. Alicia emocionada se quedó mirándola y dijo:

__Que bien. Me parece que estoy en el campo….mmm el olor a hierba y a flores me hace sentir cerca de mi casa.

Los niños y niñas empezaron a llevar la inquietud a sus casas de recoger la basura y no tirarla por todos lados. Lentamente la comunidad fue quedando limpia. Sembraron árboles en los espacios vacíos, las señoras hicieron lindos jardine

s en sus casas, que daban alegría al poblado.

Mientras tanto, al papá de Alicia, no le gustó el lugar a donde fue, extrañaba el campo, quería que en vez de tantos edificios hubieran árboles, por las mañanas en vez de escuchar el sonido de los carros y las sirenas quería escuchar el canto de los pájaros y el ruido de los animales; ganó unos cuantos centavos y decidió regresar a su pueblo. La mamá de Alicia le pidió a la niña que regresara, ya que se sentía sola y triste. Ella satisfecha de los éxitos obtenidos regresó al campo donde la esperaban  sus padres, los animales, el río,  los amigos y donde todo era felicidad.

 

Autora: Nathaly Murillo Bermúdez, Segundo nivel – Escuela La Piñera. Primer lugar Festival de las Artes. Primaria 2012.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VICENCIO EN LA CAPITAL

 

En un lindo pueblo llamado San Vicente de Ujarrás, vivía un alegre niño, era como un pajarillo, siempre corriendo y cantando y subido en cuanta rama de los árboles, podía alcanzar.

Se llamaba Vicencio, quien para ir a su escuela San Vicente, caminaba unas dos horas, por llanos y laderas, cruzaba un río quien era su espejo,  y a quien le contaba todas sus aventuras, aquel niño que era Cabécar no conocía un solo juguete, pero corría detrás del sol,  era feliz acompañando a su padre a sembrar yuca, a cuidar las gallinas y dos cerdos, detrás  de él su perro Colo, una armadura de huesos que no se sabía ni como estaba vivo.

Vicencio vivía con sus seis hermanos y sus padres, aquella vida sencilla, sin complicaciones, de convivencia y amistad con la naturaleza y los animales le encantaban.

Pero un día su silencioso y misterioso padre los reunió, tenía algo importante que decirles: - hijos su mamá y yo hemos decidido irnos a vivir a la capital, aquí todo está difícil, ni trabajo hay.

En sus caras se dibujaba la incertidumbre y otros sentimientos…..Vicencio alarmado preguntó a su padre.   Y mis amigos de la escuela, mi perro y  el río…. ¿Qué hare sin ellos……?

Sus padres no respondieron nada.

Un 18 de abril, tomaron sus pocas pertenencias y se fueron a Paso Ancho de San José. En un pequeño cuarto vivían todos. 

Para ir a la escuela con ayuda de su madre, Vicencio caminaba unas 6 cuadras, llegaba mareado de tanto humo y de ver tanto carro, sus compañeros lo miraban con ojos raros, el no entendía sus juegos,  aun así, hizo amistad con  ellos.

Pero aquella no era vida para Vicencio, quien empezó a enfermarse, tanto que lo internaron en el Hospital de Niños, los doctores no encontraban mal alguno, pero él no quería comer, ni hablar, sus ojos lucían apagados, en su mente daba vueltas la voz de la Maestra Marta,  de aquella humilde escuelita a quien tanto quería.

Su madre tratando de consolarlo le dijo; ya papá tiene trabajo en una fábrica y tus nuevos compañeros me preguntaron cómo sigues, te envían sus saludos - pero nada alegraba aquel niño.

Un mes después  Vicencio no mejoraba, y la vida en la ciudad no era como habían pensado.

Uno de los doctores habló con la mamá de Vicencio y le dijo:

– Señora creo que su hijo está enfermo de tristeza, la ciudad lo ha enfermado, él es como una flor silvestre, necesita   estar en el campo, respirar aire fresco… le aconsejo devolverse a su pueblo. Sólo eso puede ayudarlo.-

Al volver a casa la madre comentó a su familia, las palabras del médico, decidieron entre todos que apenas su padre recibiera pago se irían de nuevo a San Vicente. Y nuevamente tomaron sus cosas para volver a su rancho,  los compañeros y maestra de Vicencio fueron a despedirse, le dieron algunos recuerdos y muchos dulces.

Cuando llegaron a su pueblo Vicencio subió corriendo la ladera que sostenía la escuela y sin pedir permiso pasó al aula y abrazó a la maestra Marta tan fuerte como nunca lo había hecho, ella con lágrimas en sus ojos le dijo.- mi chiquito volviste, gracias a Dios. Nos  ha hecho mucha falta. - Poco a poco  aquel niño volvió a ser alegre, su perro casi medio muerto movía la cola como señal de alegría, ahí estaba la vida que tanto amaba Vicencio, su río esperaba escuchar sus historias.

Y dicen los que más saben,  que nunca más,  se fue de aquel hermoso lugar.                                             Autor: Kaleth Ilama, 1° grado.  Esc San Martín

 

 

UN AMOR VERDADERO

 

            Buenos Aires, tierra bendecida con cálidas temperaturas, paisajes veraniegos, soles rojizos y destellos dorados,  amplios piñales que limitan el lugar, escenario de riquezas incomparables que muestran  las historias de un pasado,  conversaciones dialécticas en la lejanía de nuestras montañas provocadas por indios que aún luchan por conservar su tradición y cultura.

            El acostumbrado regreso a clases ha llegado ya.  Las escuelas, se encuentran impregnadas por risas de niños inocentes que se preparan para estudiar. Las reuniones acostumbradas del personal, “más y mejor educación, menos papeleo”, la fiesta de la alegría y los paseos a lugares cercanos de la ciudad, se empiezan a mencionar.

_ Rafael, cuídate mucho hijo,  recuerda obedecer siempre a la maestra, no pelear con tus compañeros y no alejarte de los demás.  Aquella frase  resonaba y hacía eco mientras los pequeños  caminaban hacia el bus escolar. Se había planeado un viaje para así un buen  año iniciar.  Todo el grupo de sexto iría de gira a un hermoso lugar: “La cueva del Sapo”, sitio de gran  belleza natural, senderos, piscinas y hermosos animales que la imaginación hacen volar.

            Después de todo un día en aquel paraíso natural, comidas, juegos y caminatas para recordar, la noche empezó a cubrir la tierra con su manto estelar.  De fondo,  la luna llena se  empezaba a mirar._ ¡Que hermoso paisaje!-dijo la niña Ceci - ¡Lástima que se hizo tarde y tenemos que regresar!

            De regreso, aquella cuesta parecía nunca acabar.  Había caído un pelo de gato que humedeció el lugar convirtiendo el polvo en un barro pegajoso como melcocha.  El viejo y amarillo  bus a miles costos pudo arrancar, ya no quería avanzar y el viaje se empezaba a complicar. A media cuesta quedó varado aquel latón escolar acompañado de las risas cantos y burlas de los niños que les parecía divertido lo que acababa de pasar.

_ Pues ni muy divertido -dijo la niña Ceci-, todos a caminar, terminemos de subir la cuesta para pedir ayuda y buscar señal.

            Para sorpresa de muchos, en la cima de aquella cuesta se ubica el cementerio de la localidad.  Exhaustos, los niños decidieron descansar.   La maestra los sentó en círculo para que ninguno se fuera a extraviar. Debía dejarlos solos para buscar ayuda en el centro de la aquella gran comunidad, por lo que dejó a cargo a Rafael, un niño ejemplar; presurosa, se dirigió con el chofer a buscar ayuda porque aquel atraso le podía ocasionar un verdadero problema. 

            Mientras la maestra y el chofer se dirigían hacia el centro de la ciudad en busca de ayuda, los estudiantes jugaban ronda.  Sin darse cuenta se fueron acercando cada vez más al cementerio.  El juego fue interrumpido cuando uno de los pequeñines aburrido de jugar, exclamó:

_ ¡Contemos historias de miedo!

En ese momento una voz en la oscuridad se hizo escuchar:

_ ¿Historias de miedo?-, esa es mi especialidad. Mi nombre es Güicho, soy quien cuida en este lugar, ante la mirada y el asombro de Rafael y los demás niños que estaban en el sitio. Sentado desde una lápida con su voz fuerte, gruesa y entre cortante empezó a contar…

_ No faltan ni sobran las palabras, cuando el silencio se lo lleva el viento, cuando el dolor se vive en carne propia y la vida se acaba sin poder detener el tiempo. Aquella noche de luna llena, Braulio caminó hacia el cementerio, con su gato negro colgando en su hombro derecho, un saco de yute con pala y sacho dentro.

La luna y la noche eran perfectas para desenterrar a su amada que permanecía en aquel hueco, el cuidandero cementerial dormía rebosante en su bodega. Jamás, jamás se daría cuenta y menos que se había tomado unas copas en medio de sus amistades que hace tiempo habían muerto.

Lenta y suavemente, desprendió Braulio el cerrojo de aquel viejo portón, lleno de herrumbre y oxidado por el tiempo.  Llegó a la tumba de su amada que para él estaba dormida, pues aún no aceptaba que ella había muerto. Su gato brincó a la cruz de la que un día fue su dueña y a quien sin duda extrañaba, haciendo sonidos espeluznantes y maullidos agonizantes por el dolor inmenso.

Con pala en mano, Braulio procedió a realizar aquel desentierro, quería  mirar a su amada como se lo juró aquel día de amargura, promesas y fin de todos los sueños.

Con toda la fuerza del mundo enterró aquella pala en el tosco terreno, un relámpago enmudeció la tierra por completo. El gato se erizó y enterró sus uñas en la lápida abandonada y una extraña sensación de miedo cubrió el tenebroso cementerio. Una fría brisa recorrió aquel cementerio y se escucharon voces misteriosas en medio de las tumbas.  Empezó a caer una leve llovizna que mojó el lugar y aquel cuerpo inmóvil, inútil ante lo que estaba pasando.

De repente, entre la oscuridad de la noche se reflejó una sombra más oscura que la misma noche, que avanzaba en silencio y carcomía centímetro a centímetro cada espacio del terreno hasta llegar a la tumba donde aún estaba la pala clavada y aquel cuerpo inerte con la mirada estancada en el suelo y un corazón que palpitaba queriendo salir de su encierro.

Aquel hombre quedó estático esperando que alguien le hablara, que destrozara aún más el dolor que llevaba dentro, robara sus ganas de ver a su amada y matara aquel mundo de ilusiones y sueños. Quiso retroceder, pero sus pies estaban clavados en la tierra, sus manos paralizadas, su voz ausente en su garganta y los labios secos.

Entre tanto misterio y sombras que se distinguían en la oscuridad, el sonido de insectos que presagiaban un desenlace inesperado, la luna testigo silenciosa del acontecimiento macabro, de repente una voz grotesca se clavó en los oídos de aquel valiente caballero…

__ ¡Braulio!

__ ¡Braulio!

_ Si ese es mi nombre, respondió Braulio con voz extraviada; como si sus palabras no coincidían con el movimiento de sus labios.

_ Soy  Broco, el guardián de la noche, el servidor de la oscuridad, el amigo de los muertos y la conciencia de los vivos en penitencia, soy el único que puede mostrar tu destino y darle paz a tu alma que está marchita y desgarrada por el dolor.

_ Aquella noche planeaste un momento especial, sería el día en el cual después de muchos años de noviazgo y sueños llenos de locura y pasión, por fin se cumplirían tus deseos.  En la Cueva del Sapo todo estaba preparado, una mesa, la luna llena, el silencio, aquella rocola vieja con música romántica, el vino tinto, unas rosas hermosas y en una cajita junto al jarrón dos hermosas perlas que serían el lazo que uniría aún más aquel apasionante amor.

Braulio, con la mirada perdida en el suelo, rodeado por tumbas y extraños sonidos, no había podido levantar su cabeza,  mientras escuchaba las palabras de Broco el guardián de la noche. Si alguien hubiese podido describir aquel momento, sin duda, diría que aquel hombre estaba muerto.

­            _ Pero Dios tenía otros planes para ti, exclamó Broco, cuya voz salía de la oscuridad.

_ Esa noche aunque quizás no recuerdes, al bajar hacia el lugar en el cual le pedirías a tu amada Sara que fuera tu esposa, el carro derrapó, dando vueltas por las laderas que no tienen más fin que el propio Río Ceibo. Justamente en ese lugar levantaron a tu amada que ya había muerto, en una de sus manos había una tarjeta con la frase “acepto”, mientras con su otra mano se aferraba a  ti como queriendo prolongar el amor en un vuelo hacia la eternidad.

Braulio, aquel hombre destrozado que parecía que había muerto, después de escuchar aquel desenlace funesto, no pudo mover su cabeza, de sus ojos empezaron a brotar lágrimas, que bañaron su rostro gris, nublado por la tristeza.

No estés triste Braulio, Dios te mantiene vivo, hace una semana que estás en cuidados intensivos; ese hombre que vino hoy a buscar a su amada al cementerio, aún puede seguir viviendo, es tu alma y tu cuerpo en pena que clama una explicación a Dios y al tiempo.

_ Si tu amor es tan fuerte como para venir a buscar a tu amada al cementerio, te concederé verla y que decidas morir….  o seguir viviendo.  Sin esperar respuesta, Broco rompió el silencio de aquel lúgubre momento:

_ Sara.

_ Saaraaaa...

De pronto, se escuchó el fino crepitar de una puerta. Era Sara que había salido de aquella bóveda donde descansan los muertos, con sus facciones desfiguradas por el transcurrir del tiempo. 

_ Un rayo de luz penetró la penumbra devolviendo la lozanía al  cuerpo de la que fuera el amor de la vida de Braulio.

_ Él, lentamente,  movió su rostro para mirar a su amada.

_ Sabes amor mío, -dijo Sara- al igual que tú esperé con ansias aquel  momento, que vestida de blanco, velo y corona entregaría mi inocencia en tus amados brazos; mi alma arrebatada por las garras de la muerte quiere pedirte que sigas adelante.  Dios te ha dado la oportunidad de vivir, debes cuidar la casa que con tanto anhelo compramos, regar con ternura las flores del jardín que notarán mi ausencia, barrer las hojas que botan los árboles  queriendo dar sombra a nuestro amor. Encontrarás una compañera que convierta tu dolor en apasionado gozo.

Braulio, que se había mantenido en un sepulcral silencio, rompió los paradigmas del amor y de su propio calvario.

_ Amada mía, te he amado y te amo aunque hayas muerto,  no pretendas que me marche como el viento, las flores se han marchitado porque tú no has vuelto, los árboles lucen secos y nuestra casa es un suplicio que carcome mis entrañas.

_ ¿Pretendes que alguien calme mi dolor? Estas lágrimas de dolor que brotan de mis ojos como ríos que ahogan mi corazón; son versos de mi alma que expresan el  lenguaje del verdadero amor.

Sara, en silencio miró aquel hombre que se debatía en un hospital entre la vida y la muerte, aún caminaba lento hacia su tumba, aquel hombre que la hizo feliz y sería su esposo se negaba a vivir sin ella, ¿podría aquel amor ser más fuerte que la propia muerte?”

Braulio con sus manos tocó las mejillas de su amada y mirándola a los ojos le dijo:

_ ¿Quieres ser mi esposa?

_Sí, acepto,-exclamó Sara- sin esperar un segundo para dar respuesta a aquella añorada pregunta. Sus labios se acercaron sin importar las condiciones y el momento, fue quizás aquel beso quien habría decido el destino de aquel amor que se negaba a morir con el tiempo.

En aquel hospital, en ese preciso momento, el doctor no supo explicar de ninguna manera posible el por qué aquel paciente había muerto.

De pronto, la luz de un bus se aproximó al cementerio, los niños aún no terminaban de escuchar a Güicho, el hombre que cuidaba aquel lugar y que se ofreció a contar esta tenebrosa historia de  un amor verdadero.

_ Qué extraño dijo Rafael…… Al llegar el bus Güicho desapareció en las sombras de la noche.

_ ¿Cuál Güicho? - exclamó la niña Ceci.

_ Diay, niña el guarda del cementerio, -exclamó Rafael.

La niña Ceci guardó silencio, ya que en el centro de Buenos Aires esperaban el cuerpo de Güicho que ese mismo día por la mañana  había muerto.

 

Autor: José Antonio Romero Cordero.

Orientador Esc. La Piñera.

Primer lugar Cuento Certamen Roxana Obando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

bottom of page