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EL CORAZON DE JESUS

 

Corre el invierno de 1965, en un lugar alejado de la ciudad, Ahí las mujeres ufanadas en sus quehaceres suelen vestir sus ropajes largos, cabellos de trenzas extensas, que bajan por la espalda y terminan en sus hermosas y anchas caderas, como las faldas de las montañas que rodean el poblado. Mientras tanto en las aulas, el ruido ensordecedor de una regla golpea la mesa de los alumnos. El maíz hace nido en las frágiles rodillas de los chicos castigados. El humo de los fogones y el olor de la carne ahumada con frecuencia recorren aquellos parajes. Los trapiches se llenan de la algarabía de niños ansiosos que esperan el sobado y las melcochas.

Ahí vive Carmen, la mayor de las cuatro mujeres del hogar, una inocente niña que pronto cumpliría catorce. Había terminado la escuela y se preparaba para su adolescencia. Aún jugaba con muñecas y le encantaba hacer tendadas, con cobijas gruesas en la sala y dormir entre risas y ronquidos junto a sus hermanas.

Su padre, un señor muy correcto, que cuando alzaba su voz, sus órdenes se acataban inmediatamente. Hasta era quien escogía para sus hijas el mejor partido.

Su madre, santa, sumisa, callada, dedicada a los oficios del hogar, nunca se le escuchó decir una mala palabra.  Todas las mañanas se levantaba a rezar de rodillas, con su cabeza inclinada, frente a la imagen de un Corazón de Jesús que colgaba en una pared de su cuarto. Aquella reliquia era una herencia que su abuela le había dejado algunos días antes de morir. Su color amarillento evocaba el paso del tiempo, y aquel yeso duro conservaba la imagen más expresiva que un artista pudiera haber creado.  Para Dulce, la madre de Carmen, esa no era una imagen; era un objeto sagrado del que salía una fuerza milagrosa cada vez que se le miraba.

Una tarde como de costumbre, mientras las chiquillas jugaban en la sala, su padre se acercó y llamó:

­            _ Carmen.

_ Dígame, señor.

_ Venga al corredor, quiero hablar con usted algo muy serio.

Al llegar ésta a la entrada, se encontró con un joven, unos diez años mayor que ella.  Un   gesto de temor y una mirada perdida en la lejanía, fueron los testigos de aquella  presentación que su padre  hiciera.

_ Carmen, él es Alex, un joven de una familia muy reconocida, un hombre honesto y sobre todo trabajador.  Él ha pasado muchas veces por estos rumbos y está interesado en conocerte, por lo que él va a estar viniendo por las tardes a visitarte. Me hace el favor y lo respeta además de tratarlo bien.

Sin duda, la adolescente no entendía qué sucedía, nunca había hablado con un muchacho, ni sus labios conocían la dulce suavidad de un beso. Ella solo quería seguir jugando con sus hermanas. Cabizbaja y con el corazón agobiado se marchó sin decir nada.

Al día siguiente, su padre no pudo llegar temprano a casa; pero si llegó el joven, quien esperó durante horas en el corredor de la casa. Carmen no salió. Al llegar su padre por la noche ya había hablado con él, por lo que se dirigió a su hija que estaba acostada en la sala en medio de sus hermanas y la levantó de una mano, diciéndole:

_ ¿Cómo es posible que Alex saque un rato de su valioso tiempo, para venir desde el otro lado del cerro y usted no se dignó a recibirlo? Este pobre hombre se marchó sin recibir siquiera un vaso de agua, pero esto se arregla muy fácil, yo le dije que viniera mañana y usted se va a quedar con él hasta que yo lo ordene.

            Inclinó su cabeza, mientras furtivas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos y rodaron colina abajo. Se enrolló callada en sus cobijas y en silencio se durmió. Por su parte doña Dulce, desde su cuarto guardó silencio. 

Al amanecer, se vio también a la hija mayor arrodillarse al lado de su madre a orar frente a aquel Sagrado Corazón de Jesús.  Durante el día, ayudó en los quehaceres del hogar, y por la tarde salió triste a recibir al joven mozo al corredor de su casa. Su mirada otrora inocente reflejaba ahora un miedo que hacía vibrar lo más profundo de su alma. Las horas se hicieron eternas, esperando la orden de su padre de “pase para adentro”. Sentada escuchaba a sus hermanas jugar en la sala. En silencio moría de deseos de expresar que no quería estar ahí, para demostrar que el amor no se obliga.  Se espera su llegada como se aguarda la aurora.

Tarde tras tarde, pasó Carmen escuchando a Alex, mientras en su mente tejía sus sueños de niña forzada a ser mujer. Desde entonces, cada vez que llegaba el alba y se filtraba por su ventana a saludarla con buenos días y de paso robarle un beso de sus regordetas mejillas, la encontraba arrodillada frente al Corazón de Jesús, siempre suplicando en silencio. 

Tres meses después, su padre en medio de una cena familiar dijo:

_ Aprovechando que Alex hoy nos acompaña, quiero anunciarles que se casa mi hija mayor. Él me pidió el día de ayer su mano y me expresó su deseo de hacerla su esposa. Considerando que proviene de una buena familia y es un hombre trabajador y responsable, acepto su propuesta. Pongo a su disposición, la casa que está junto a la finca de ganado, para que vivan y crezcan mis nietos.

_ ¡Qué alisten el cerdo y la vaca más frondosa porque en tres meses se casa mi hija mayor y habrá una fiesta que durante toda la vida la gente ha de recordar!

Un enorme silencio invadió el comedor, como presagio de lo que iría a acontecer.   Carmen de inmediato miró a su madre, pero Dulce lentamente barrió el suelo con su mirada sin poder decir nada. Entonces, como el preso que acepta su destino inclinó su cabeza, se levantó y caminó hacia su habitación donde se encerró a llorar reteniendo el tiempo, con su infinito dolor. Aún desconocía muchas cosas del rostro del amor carnal.  Creció en un hogar donde al padre no se le contestaba y todo se aceptaba en un sepulcral silencio.

Aquellos tres meses fueron un calvario, todas las tardes al corredor, por las mañanas al Corazón de Jesús. Su madre en silencio meditaba aquella situación.  Sus hermanas no entendían el suceso.  El padre alistando todo, la vaca, el cerdo, los invitados y aunque el sacerdote viajaba a celebrar la misa una vez al mes, ya todo estaba coordinado. Sus familiares vendrían desde muy lejos a ser parte del fandango que se cerraría por la noche al ritmo de Guarijama, el grupo del momento.

Con lágrimas de tristeza recorriendo sus mejillas, aquella tarde Carmen vestida de blanco y con un velo que cubría su rostro dijo: “acepto”... Aquella niña hermosa, tierna e inocente, pronto sería mujer. Esa chica callada, pensativa y libre, había perdido su sonrisa. Temía un nuevo despertar.

Después de aquel fiestón regresó a su casa muy triste. Sus hermanas empezaron a tender todas las sábanas en la sala y ella con su mirada perdida observaba pasar su infancia, cosas que jamás volverían, un pasado bello y ansiado, un futuro difícil e incierto. De repente volvió a su propio ser y se lanzó ilusionada en aquella tendada de cobijas y sábanas. Abrazó a sus hermanas y por un instante fue nuevamente feliz, pero la voz de su padre en un santiamén enterró aquel mundo de sueños. 

_ Carmen, ¡por el amor de Dios! ¿Qué hace usted ahí con sus hermanas? por si no lo ha notado, usted pertenece a un nuevo hogar. Dios manda a que forme una familia bajo valores cristianos y les dé educación.

Ella, con el peso del desánimo cargado a sus espaldas, fue al cuarto y abrazó a su madre. Dulce aunque poco hablaba le dijo:

_ Dios te ama y te protegerá, confía en él. Siempre aquí estaré para ti. Entonces se levantó, caminó hacia la mesa y tomando una caja le dijo:

_ Mira, hija. En esta caja te entrego mi más preciado regalo.

_ No, madre mía, yo no quiero nada. Mi mejor regalo sería vivir aquí contigo, prometo que te ayudaré, seré obediente y no te fallaré.

_No hija, mañana será otro día. Ya verás que te traerá esperanzas e ilusiones que a tu familia hará crecer.

Calladamente, la tomó y se acercó a la puerta, donde su actual marido la esperaba, pues ya era tarde. Caminó en silencio por un desteñido trillo, testigo de sus juegos de infancia, hasta llegar a la que sería su casa. Tímidamente tendió su cama, se cubrió con sus sábanas, volteó su rostro hacia la ventana, buscando en la luna llena la respuesta ansiada de aquel futuro incierto, que a su mente atormentaba.

En medio del sueño y los ronquidos del hombre que dormía a su lado recordó que su madre le había hecho un regalo y se levantó apresurada y deseosa de saber qué había en aquella caja. Era un poco pesada, por lo que lentamente la abrió y encontró aquel Corazón de Jesús que siempre acompañaba sus oraciones y escuchaba sus súplicas. Feliz por aquel hermoso regalo, decidió colocarlo junto a su cama.

Entre luchas y rechazos, pasaron tres noches para que Carmen dejara su encanto de niña. Poco a poco, empezó a sentir algo lindo en su corazón, como miles de mariposillas revoloteando en su estómago, cada vez que su guapo esposo la rodeaba con sus fuertes brazos aplastantes de ternura.

A los meses empezó a sentir mareos. ¡Pronto será mamá! - dijo doña Consuelo, una comadrona del pueblo.

Aquella noche la joven muchacha se sintió feliz, esperaba con ansias el regreso de su marido. Quería que él supiera la noticia, sin duda uniría más aquel amor que sin intención se había adueñado de su ser. Pronto el velo de la noche envolvió el regreso de su amado. Sin saber el motivo fue recibido con besos y abrazos, ella al oído le dijo:

_ Es que, mmm es que… voy a ser mamá…

Un silencio invadió el momento. Lo único que se escuchó fue la taza de café rodar por el suelo. Alex se perdió en el sigilo de las sombras. No le regaló una mirada, solo se marchó sin importarle los sentimientos de aquella mujer enamorada. Carmen, se sentó en su cama, lloró toda la noche desconsolada. No entendía en qué se había equivocado, lo que pensó que sería la felicidad eterna, había sido su peor fracaso. Entonces, pensó:

_ un hijo es algo bello, divino, es unión. Es tener una familia como dijo mi padre. Sin querer ya anhelaba ser madre. Lloró su partida por tres días con sus noches. Al regresar, él era otro hombre. Su camisa emanaba perfume de mujer. Se volvió un completo desconocido en su propia casa. A veces lo sentía llegar a altas horas nocturnas. Siempre encerrada en su casa. Pasaba horas de rodillas desahogando ante el Corazón de Jesús todo ese dolor, como si llevara clavado un puñal helado en lo más profundo de sus entrañas.  

Fueron nueve meses de angustia y sufrimiento, que destrozaron cada hebra de su alma, sus gestos de afecto hacia el dueño de sus ilusiones, fueron despreciados. El fruto de aquel amor sufrió las consecuencias, porque el alimento que aquella criatura necesitaba le fue negado por su padre quien ordenó al pulpero no dar el sustento.

Así transcurrió el tiempo y Carmen fue trasladada al hospital, donde fue internada de carácter urgente. Al llegar la noche, en casa de sus suegros, Alex recibió la noticia.

Aquel paisaje sombrío con un clima revuelto, anunciaba que un huracán había azotado nuestro país. Las vías de comunicación y acceso a los lugares céntricos, habían colapsado. Se estaba viviendo una verdadera tragedia nacional. Mientras tanto en el hospital, aquella mujer valiente, emprendedora y silenciosa, ya era mamá. Había dado a luz un precioso niño a quién llamó José. Sentía que su corazón iba a explotar de la felicidad. Apretaba aquel bebé fuerte contra su pecho, como si la vida de su hijo, fuese una extensión de la propia, como si pudiera respirar dos veces a la misma vez. Hasta su espíritu se sentía vigorizado con nueva energía.

Esa noche, la enfermera se acercó a su cama a informar que tenía una visita. Pues sí, había llegado Alex a conocer a su hijo. En ese instante Carmen sintió una alegría inexplicable, ella estaba enamorada de Dios, de su hijo y tenía que aceptarlo, también de su esposo. Pensó que él, al mirar al niño la amaría otra vez. Asumió que se acostaría junto a ellos y se quedaría cuidándolos para poder descansar. Creía firmemente que el amor existía, porque eso, solo lo sabe quién ha entregado su corazón.

Él, por su parte, no tuvo el valor para inclinarse a saludar a su esposa y aún más doloroso, no se acercó a su bebé, no lo tomó entre sus brazos, no sintió ese amor de padre, no hubo un gesto de felicidad, solo una fría visita que lejos de crear esperanzas, causó más dolor e incertidumbre.

Carmen regresó a su casa acunando a su retoño. El marido, por su parte se mantuvo alejado, miraba en silencio a su hijo pero nunca un gesto de cariño se le miró. Una noche mientras la joven madre abrazaba al recién nacido que no paraba de llorar, Alex le habló:

_ Solo quiero decirte que pronto me voy, tú ya tienes un motivo para vivir y luchar, ya alguien ha desplazado mi lugar, yo estoy sobrando. Ojalá ese niño te dé el amor y cariño que yo no te di.

_ ¡Dios mío!, Alex qué palabras son esas, este chiquito es suyo y mío, él ha venido a ser nuestra razón de vivir.

_ Lo siento Carmen, pero aquí no hay campo para dos hombres, si se queda él, me voy yo. Al atardecer vendré del trabajo, si este niño está en la casa me iré. Ella inclinó su rostro, mientras él salía de la vivienda. No comprendía los celos y el rencor de aquel hombre. Empezó a orar junto al Corazón de Jesús que era testigo de todo lo vivido y pensó que si su esposo regresaba y ella estaba con el bebé, se iría para siempre. Ella no quería perderlo, pero sin su hijo tampoco quería vivir.

Entonces, tuvo la intención de morir junto a su hijo, desaparecer, correr montaña adentro hasta ser devorada por el silencio y la noche. Corrió hacia la cama, tomó al nene en sus brazos y al salir corriendo como alma empujada por el viento, escuchó una voz que le dijo:

_ Espera Carmen, “mírame… estoy golpeado, tengo una corona de espinas, morí por ti, sigo aquí cuidándote y escuchándote. Te regalé una nueva razón para vivir, y aun así no estás conforme…piensa bien lo que haces. Yo siempre estaré contigo”…

Entonces, con el niño entre los brazos cayó de rodillas, mientras miraba el Corazón de Jesús. Nunca había sentido tanto temor de Dios. Lloró durante un gran rato y pidió perdón al Creador por dudar de su propósito.

Por la tarde, al regresar Alex del trabajo, no encontró a nadie en casa, ya no estaba su mujer, ni escuchó el llanto tierno, sutil de su hijo. Miró a su alrededor y se encontró solo, tampoco estaba aquel Corazón de Jesús que siempre le miraba.

A ella nunca se le volvió a mirar en el pueblo. Dicen las historias que sólo su madre sabía de su paradero. En estos días, muchos años después, preguntándome yo mismo por Carmen, debo confesarles, que estoy orgulloso de que ella sea mi madre.

 

Autor: José Antonio Romero Cordero.

Primer lugar en cuento Certamen Circuital Luz Alba Chacón León.

 

 

HIJO SIN PADRE

 

En una mañana soleada del mes de enero, Isabel, una jovencita de cabellera larga y negra como el azabache, de caminar alegre, sonrisa jovial, mirar sincero, estatura media y cuerpo bien proporcionado; abandonaba el rancho donde vivía con su padre, porque él, viudo e irresponsable además de gastar el poco dinero que ganaba con su trabajo en licor. El día anterior, después de maltratarla había intentado abusar de ella. Eran los años sesenta., allá por un pueblo lejano y de gentes sencillas.

Creyó como lo más atinado, trasladarse para la capital, donde tenía una antigua amiga. Mientras el bus recorría el tortuoso camino, su mirada se perdía en el horizonte y sus pensamientos eran una mezcla de temor e inquietud. Observaba las blancas nubes recostadas a los cerros y aquel hermoso panorama fue mitigando su nostalgia y desazón.

Después de largas y cansadas horas de viaje, llegó a San José, caminando y preguntando, llegó a la humilde casa de su amiga. Ella la ayudó a conseguir un modesto trabajo en una casa, que le permitía al menos subsistir.

Pasaron algunos años.  Isabel gozaba de una belleza sencilla pero muy especial, poco a poco se adaptó a la vida en la gran ciudad.

Un día mientras esperaba en la parada de autobuses, aunque el ambiente se percibía hermoso, el rostro de la muchacha denotaba preocupación y temor.  Había conocido a Rubén desde hacía unos dos años, poco después iniciaron su noviazgo que hasta el día de ayer había sido verdaderamente agradable. Todo cambió cuando el joven se enteró que iba a ser padre. Malhumorado, despotricó al respecto y se marchó. Ese era el motivo de su zozobra.

Algunas compañeras le recomendaron un aborto clandestino pero, sus valores y principios no aceptaban esa solución. Por tanto, se encaminó al hospital, donde el médico le confirmó el embarazo y los cuidados que debía tener en adelante para beneficio de ella y el niño.

Pasados algunos meses, los achaques de la gestación y el abultado vientre, no permitían a Isabel desempeñar su trabajo como antes; la patrona la maltrataba con frases burlescas, avergonzándola ante las demás personas. La situación se tornó insoportable y la despidieron sin derecho a nada; solo su amiga le brindó comprensión y apoyo.

Allí, entre el amor y las limitaciones, nació un hermoso niño, en cuya sonrisa, madre y amiga encontraron alivio a sus desventuras.  Cada mes las necesidades eran mayores, por eso Isabel se dispuso a buscar un nuevo trabajo pues, el salario de su amiga no alcanzaba.  Sin embargo las lágrimas y la voz suplicante de la joven madre, no eran suficientes para encontrar el trabajo que día con día, calle por calle solicitaba aquella mujer.

Fueron días difíciles en los que Isabel recorrió un verdadero calvario, sin que nadie le brindara la menor ayuda. Por la noche regresaba triste y abatida a su casa, abrazaba a su pequeño llorando inconsolable. No puedo desmayar, se decía, debo hacerlo  por mi bebé y,  nuevamente salía por la mañana, recorría muchas calles sin lograr su objetivo. Nadie quería otra boca que alimentar. Hasta en alguna ocasión la insultaron.  Cansada y triste llegó hasta un parquecito, donde tomó asiento, con el rostro entre sus manos derramó lágrimas de sangre, que salían de un corazón marchito, desgarrado y una alma sin esperanza en el porvenir.

Pasaron minutos de insondable tristeza para aquella joven; hasta que una voz masculina, de acento extranjero y timbre agradable le habló amigablemente; preguntándole en relación al problema que la agobiaba; ella como avecilla desprotegida que no tiene a donde ir, contó su desgracia al desconocido; éste, dando muestra de comprensión sincera, la citó en su oficina para el día siguiente, prometiéndole el trabajo que tanto había buscado.

Isabel no lloró esta vez de tristeza, sino más bien de alegría, regresó a su casa y con el niño junto a su pecho, cantó por primera vez en mucho tiempo, aunque las incontenibles lágrimas nublaban su visión.

Al día siguiente, muy temprano, se arregló lo mejor que pudo, a pesar de todo conservaba su belleza especial; ya en la oficina de su benefactor fue atendida amablemente y contratada como conserje, permitiéndole llevar al niño a su trabajo; iniciando así  un salario que mejoró notablemente el ingreso económico de aquella familia de tres miembros.

Pasaron los meses inexorables pero tranquilos, Jaimito recién cumplió cuatro años, mostraba la lozanía, belleza y gracia de un angelito.

Cierto día Isabel desempeñaba su trabajo muy optimista, ya avanzada la mañana, el jefe se le acercó y con mucha amabilidad y respeto la invitó para que lo acompañara a un baile social que se realizaría esa noche.  Ella, con cierto rubor en sus mejillas, terminó por aceptar acompañarlo, siempre y cuando pasara a recogerla a su casa.

A eso de las ocho de la noche, ya iban hacia el salón, en el auto de don Richard. Por el camino charlaban animadamente, como dos individuos que olvidan sus problemas para ser mutuamente felices; llegaron hasta el estacionamiento, situado a dos cuadras del salón, la calle estaba tan silenciosa que infundía temeridad, pero haciendo caso omiso de ello, caminaron dispuestos a divertirse. Sin embargo, no habían de lograrlo, pues dos antisociales acechaban ocultos en la esquina de un edificio; golpearon salvajemente al hombre para robarle e intentaron secuestrar a Isabel; ésta al comprenderlo logró huir apresuradamente, pero tanto era su miedo que no miró al cruzar la calle, siendo arrollada por un auto que pasaba a gran velocidad, dejándola tirada en la calle sin vida.

Al día siguiente, como ironía de la vida, en los diarios principales de la ciudad, apareció la noticia, dando a entender que, el señor norteamericano, gran hombre de negocios había perdido la vida por hacerse acompañar de una mujer de la calle, quien estaba de acuerdo con los antisociales que la atacaron y que pagó su delito con la vida, al fingir la huida.

Los siguientes fueron días difíciles para Clara, la fiel amiga de Isabel quien tuvo que hacerle frente al entierro de la compañera y a las preguntas y llantos del pequeño Jaime, quien no se explicaba la desaparición de su madre.

Pasaron algunos años y Jaime vio en Clara la madre que había perdido, y aquella muchacha amaba entrañablemente al niño, quien ya contaba con seis años, por lo tanto pensó que debía asistir al Kínder; haciendo esfuerzos sobrehumanos le compró lo que necesitaba y Jaime asistió por primera vez a la escuela. Allí le esperaban difíciles problemas al chico, pues como si él fuese culpable le decían: hijo de nadie, hijo de ramera, no tienes padre, ni un apellido que sea respetable. Él se reveló contra los agresores y peleaba constantemente aunque le pegaran. Cuando la maestra se enteró, no investigó el porqué de aquellas peleas sino, que como Jaime era el menos importante, lo mandó con una nota de protesta para la casa, no sin antes regañarlo.

El crío le entregó la nota a Clara y ésta con los ojos llenos de lágrimas, le abrazó y lloraron juntos la desgracia de ser pobres, pues, se sentían despreciados como escuintles inmundos.

Así terminó la posibilidad de educación para aquel niño, a no ser porque Clara se preocupó por enseñarle lo que pudo. Sin embargo Jaime consciente de su situación se dedicó al oficio de limpiabotas y muchas veces en aquel parquecito donde lloraba Isabel años atrás, también él lo hizo, porque en muchas ocasiones después de haber trabajado muchas horas, llegaba otro grandulón, le pegaba y le quitaba el dinero que había recogido como fruto del trabajo del día.

El tiempo siguió su curso y aunque angustiosamente, Clara y Jaime también siguieron luchando por subsistir. Un día el dueño de un taller ofreció al chiquillo, quien ya tenía diez años, la oportunidad de trabajar como ayudante de mecánico, él aceptó gustosamente y desde ese día aunque llegaba a la casa sucio, lleno de grasa y aceite, pudieron ahorrar un poco de dinero. Posteriormente aquel muchachillo se convirtió en un excelente conocedor de su trabajo.

A la edad de quince años Jaime decidió estudiar, ya que sus posibilidades relativamente se lo permitían; trabajaba en el día y asistía por la noche a una escuela de educación de adultos. Así cursó los tres niveles, logrando calificaciones muy buenas. Posteriormente ingresó a un colegio nocturno, obteniendo el bachillerato cinco años después.

El día que se graduó, llevó a Clara, quien ya tenía cincuenta años, a pasear y entre risas y alegría celebraron aquel logro que años atrás creyeron imposible de realizar.

Logró una beca e ingresó a la Universidad a estudiar medicina, pues tenía el firme propósito de ayudar a los demás para que no experimentaran el desamparo que él había tenido que soportar. Fueron años muy duros pues debió seguir trabajando para terminar de financiar el estudio y su casa, ya que a Clara le había prohibido trabajar.

Le faltaban únicamente dos años para titularse cuando conoció a Mayela, una muchacha dulce y hermosa, en cuyo corazón se inspiraba la bondad. Brotó como un capullo un gran amor sincero y ambos se enamoraron. Mientras él trabajaba en el taller, ella lo hacía en una fábrica de ropa. Por la tarde después de compartir un rato, se despedían. Ella regresaba a su humilde casa y él a su estudio. Los domingos pasaban largas horas haciendo planes para el futuro, firmes en la esperanza de llegar a ser felices. La amistad entre las dos familias era amplia y sincera, Jaime solo esperaba trabajar como médico para casarse con su novia.

Así terminó su carrera, obteniendo felicitaciones por su brillante labor; la graduación fue celebrada esta vez por las dos familias, aunque humildemente, pero fue todo un acontecimiento al saborear el triunfo y fijar la fecha del casamiento. Dicha unión se celebró varios meses después, estando Jaime bien instalado en su profesión.

Un año después murió Clara, lo que significó un duro golpe para el joven, pues había sustituido en gran forma a su madre y la quería como tal, además antes de morir le relató los sufrimientos de Isabel, la irresponsabilidad de su padre y le aclaró la falsa noticia aparecida en los diarios el día que su madre falleciera; todo aquello no dejaba de entristecerlo.

Once meses después aquel hogar recibió al primogénito, quien llenó el hogar de risas y alegría; Jaime sentía que todas las penas soportadas anteriormente, eran cambiadas ahora por inmensa felicidad.

Un día estando Jaime en el hospital donde ejercía su profesión, recibió la llamada urgente de una enfermera, para que atendiera un hombre gravemente enfermo y que pedía que necesariamente fuera el mismo a atenderlo. Jaime se dirigió presuroso a la sala de emergencia, donde tuvo frente a él a un hombre que parecía un guiñapo humano; sucio y mal oliente,  reflejaba en su rostro la angustia de un condenado; sus profundas arrugas, la barba crecida, el cabello encanecido y un cuerpo extremadamente delgado, no infundían más que lastima o compasión. Era un moribundo.

El anciano miró fijamente al médico y preguntó con voz temblorosa:

_ ¿Eres tú Jaime?,

_sí señor. Yo soy - contestó el médico.

Haciendo una breve pausa, el viejo continuó diciendo: hace muchos años, conocí a una joven bonita y humilde a la que engañé y burlé sabiendo que esperaba un hijo mío. Por ser pobre la desprecié, pues yo ambicionaba riqueza, poder y no me preocupe más por ella. Me casé tiempo después con otra mujer que tenía un hijo que no era mío, pero en cambio tenía mucho dinero y eso era lo que me importaba. Al verme viejo y enfermo me tiró a la calle y no tuve un hijo quien me protegiera. He vagado de cantina en cantina, arrastrándome, pidiendo a gritos un poco de alcohol, me han escupido la cara y pateado como a un perro; hoy cuando sé que la muerte llega a mí, he rogado a un buen hombre que me trajera aquí para pedirte perdón antes de morir, pues aquella muchacha que engañé era tu madre, sé que no merezco tu perdón, pero al menos debía intentarlo para poder morir tranquilo.

Jaime visiblemente conmovido, olvidando su angustioso pasado, extendiendo los brazos, estrechó contra su pecho aquel despojo humano, diciéndole: señor, ya ha sufrido bastante para que yo ahonde más en sus heridas, al fin de todo, eres mi padre y te perdono, no pudo decir más El llanto ahogó su voz. El anciano expresando una leve sonrisa murmuró: gracias hijo mío, ahora podré morir tranquilo; y expiró en los brazos de Jaime.

Jaime lloró en silencio la muerte de su madre y el dolor pasado. A ese hombre ni lo conocía. Aún así, organizó su sepultura, dispuesto a guardar para sí aquel pasaje de su vida. Por la tarde de regreso a su casa, entró presuroso y abrazando a su esposa y a su hijo que jugaban en el piso musitó quedamente: “Gracias Dios mío por haberme dado valor de ser un padre responsable” y mirando a sus seres queridos expresó: Nunca los abandonaré. Aunque su hijo y su esposa no entendían la razón de aquella frase callaron y se abrazaron fuertemente a él, al mirar las gruesas lágrimas que brotaron de los ojos de aquel hombre esculpido con quebrantos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La felicidad de tu hijo, puede ser la salvación de tu alma.

Autor: Luis Villanueva

Segundo lugar cuento Festival Luz Alba Chacón León. Etapa regional.

 

 

EL ENCARGO

 

Las muchas actividades me consumieron las horas de los últimos tres días. Era sábado. Trabajé arduamente para sacar lo pendiente y hacer el encargo solicitado por mi amigo. Desde muy temprano, decidí que ese mismo día lo haría e incluso descarté el almuerzo para que el tiempo rindiese. Eran cerca de las dos cuando a lomos de la moto enrumbé con dirección hacia aquellos arrabales. El viento pasaba veloz acariciándome la piel. Lo había pensado mucho. De hecho fueron mis únicos pensamientos durante las últimas tres jornadas con sus noches.  ¿Qué diría su padre ante lo que le iba a decir? No era muy crédulo hasta dónde  echaba de ver. Pero era la promesa hecha a un amigo. Aún esa misma mañana por algunos minutos me dediqué a hilar ese manojo de imágenes guardadas en el baúl de los recuerdos, rememorando cómo habían sucedido las cosas.

El camino seco y serpenteante osaba ser interminable. El polvo había revestido mi camisa blanca de trabajo con el asiduo color ocre del verano.  Tomé ese atajo para ahorrar tiempo. Era media mañana. En cierta parte encontré a un hombre cogiendo las naranjas del cerco que se asomaba a la vera del camino. El dueño de la propiedad era conocido, pero el fulano ahí presente no. Así que me acerqué, detuve la moto y le dije en son de broma.

__ Amigo, no me robe las naranjas. Pídalas para la próxima.

Vestido con botas de hule y ropa de hombre de campo me miró y calladamente tomó tres naranjas en cada mano y desapareció de mi vista, no sin antes dejar grabado en mi memoria sus ojos negros como halcones bajo la sombra de un chonete sucio y ajado. Me puse a revisar ciertos apuntes en los papeles de trabajo que andaba.

Acto seguido también me di a la tarea de repetir exactamente lo que había estado haciendo mi anterior receptor.

En eso apareció Gato que me dijo:

__ Mal hecho maje. Ese hombre tiene hambre. Usted tiene plata en la bolsa. Él no.

Me alegré mucho de verlo. Hacía un mes que no lo veía. Desde aquel fatídico día.  Efusivamente nos estrechamos la mano y abrazamos, siempre con la misma camaradería de los compañeros de escuela, compinches de juerga y amigos del alma.

__ ¿Qué? ¿Cómo te está yendo allá? – le pregunté.

__ Bien. – Me contestó – me tienen arando la tierra. ¿Qué cosas? ¿Y yo que nunca en la vida había tocado una pala?

__ Cierto – le dije. Pensando enseguida que siempre Gato se había dedicado a ser taxista, junto con su padre y hermano.

__ Pero en la vida se aprende de todo…. Eso es lo importante. Y estoy feliz. – me dijo.

Unas voces llegaron a mis oídos y fijé mi vista en el camino. Tres chavalas bien hechitas se acercaban por el norte. “Adiós guapuras”- les dije. A lo que ellas enseguida rompieron en corrillos y risas burlescas.  

__ ¿Y a esas que las picó? – Exclamé - mientras continuaba la conversación con mi amigo. Con aire ausente seguí el vuelo de un par de pajarillos que trinaban en los árboles de los alrededores. Un halcón en lo alto remontaba el vuelo.

__ Maje quiero qué me haga un favor – me dijo.

__ Claro. Dígame. Sí está en mi mano servirle. Con mucho gusto.

__ Vaya dónde mis papás y les da un mensaje. También a mi esposa. Dígales que….

Paso a paso escuché su pedido. Me dijo adiós y nos dimos la mano. Mientras reflexionaba en el asunto y me amarraba el casco, me volví a preguntarle algo al respecto y ya no estaba. En cuestión de dos segundos se había desaparecido de mi lado.  Fue entonces, cuando recordé que hacia escasamente un mes lo había ido a dejar al cementerio. Justo en una bóveda de color blanco, muy bonita. Miré a todo lado y solo vi las tres muchachas a poco más de cien metros de distancia.

Un escalofrío me subió por la espalda. Arranqué la moto y me dirigí hacia ellas. Paré a su lado y les pregunté:

__ Ustedes vieron qué se hizo el muchacho qué estaba hablando conmigo.

__ ¡Ah! Nosotros sólo lo vimos a usted hablando sólo como un loco.- contestó una de ellas.

El susto me consumió por el momento. Me corrió un hielo frío por todas las venas de mi humanidad y salí espantado, cual alma que la persigue el diablo. La distancia existente desde tal punto, en Volcán hasta la casa de mis padres, en Buenos Aires, la hice en tiempo record. La inquietud se apoderó de mí y no pude dejar  de pensar en ello por el resto del día y de los que siguieron. Eso fue un jueves.

Fue hasta el sábado que me di a la tarea de visitar a sus padres. Eran pasadas las dos y media de la tarde cuando llegué a la encrucijada de la calle rural donde debía desviarme hasta el bajillo. Ahí estaba asentada la casota con aire señorial, aunque por dentro era tan humilde como cualquier hogar de los alrededores. Justo en el halar de la casa estaba reunida toda la familia.  Tenían varias mecedoras rústicas para disfrutar el fresco. El lugar rodeado de vegetación y flores de vistosos colores invitaba al descanso mental. Un manto celeste se extendía en el cielo, salpicado ocasionalmente por alguna pequeña nubecilla blanca.

Me saludaron y les hice venir a todos para darles un mensaje. Pasé a relatarles todo lo acontecido. El señor meditabundo guardó silencio, su madre rompió a llorar ante el encargo. Gato quería que le hicieran el novenario que su padre había decidido omitir. Pero quién, más me impresionó fue la reacción de su esposa ante mis palabras, mensaje del difunto.

__ Dígale a mi esposa que la perdono…  Que no se sienta culpable de mi muerte. Las cosas solo pasaron así porque el destino lo tenía dispuesto de esa forma… Y dígale que la amo mucho.

 

Autora: Trinidad Beita Vargas.

Tercer lugar en cuento Certamen Circuital Luz Alba Chacón León.

 

 

 
LALO Y EL GATO

 

Mi cuento es la historia de Lalo.   ¿Conocen a Lalo… Lalo Coto…  alguien conoce a Lalo Coto Mora?    Si no le conocen esta es su historia.

            Lalo era un niño que vivía en Santa Cruz y pasaba muy tranquilo los días: en la mañana para la escuela y por la tarde corría a la plaza para jugar con los trompos o a las bolinchas.   Si no encontraba algún retador, pues ni modo, a jugar bate con las chiquillas.

            Una tarde Lalo decide ir a pescar al río Sebror.    Alistó la cuerda, la carnada y al llegar al río empezó la aventura.    ¡Uno, dos y tres machacas! Pudo sentir como la felicidad revoloteaba en su corazón y pronto expresa:

__ ¡Debería dejar la escuela!, ¡Ya sé pescar y jamás moriré de hambre!

            Pero repentinamente una bulla le alerta.  Al instante aparece un gatito.

__ ¡Hola!  Dijo el minino ronroneando. ¡Soy Tom el Gato Cimarrón!

__ ¿Qué haces aquí? - expresa Lalo.

__ ¡Abandoné la escuela.  Por eso pesco día tras día!

__ ¡Vuelve a la escuela conmigo! -Dijo Lalo - ¡La maestra nos enseña que debemos estudiar para ser mejores!

            El gato no ponía atención.  Lamía su mano y la pasaba por la cara…luego por  los bigotes.   En un santiamén desapareció sin hacer ruido.

            Pasaron las mañanas  y Lalo decide un día ir a estudiar a la Poza del Zapato, allá por  Potrero Cerrado. 

__ ¡Miau! ¡Regresaste! - dijo Tom -  mientras comía un pescado

__ ¡Debo estudiar para sacar buenas notas! 

Lalo leía en voz alta y el gatito comenzó a convertirse en piedra.   Al terminar la lectura y sin darse cuenta de lo que sucedía, pregunta:

__ ¿Entendiste gatito?

            Pero al levantar la cabeza  el gato se había hecho de piedra. No podía creerlo.  Salió corriendo con tal  prisa que parecía un relámpago.  

Al día siguiente, en la escuela, Lalo permaneció en silencio.  La maestra tomó la lista y lo más increíble “nunca antes visto” ocurrió:

__ ¡Lalo Coto Mora!

__ ¡Presente!

__ ¡Tom! … ¿Dónde está Tom, nuestro nuevo amigo?

            Y en la silla de atrás se escucha una voz misteriosa:

__ ¡Yo Soy Tom!

            Luego aquel niño, con voz de susurro, se dirige a Lalo: ¡el Gato Cimarrón!...   

                                                    

Para Yariela y todos los niños del Kinder con cariño

 Autor: Roberto Granados.

 

 

EL CAMINO A LA ESCUELA

 

El camino  era abierto, ancho, sólo el murrmullo del viento se escuchaba a través de la lejanía. Un pequeño arbusto salpicaba el paisaje aquí y allá rodeado por pastizales y más pastizales a ambos lados del camino.  Allí me tropecé con una vaca fiera que me dio semerenda correteada. Con la lengua afuera y el corazón que se me salía pude librarme de ella y seguir  mi camino.

Al mucho andar y ya cansado de la andanzas del día , me golpié la cabeza con una rama que me hizo una chichota del tamaño de una bola de futbol y me dejó viendo como cien mil candelillas de colores. Entonces me dije: “Ay Dios, creo que hoy no es mi día”.

Continué y a medio trayecto me encontré con un árbol de nances. Eran tan brillantes como el sol, parecían pequeñas perlas, amarillitas como el oro. Feliz me puse a cantar una canción angelical, mientras saboreaba con deleite el delicioso fruto. Estaba tan contento que hasta la hora se me olvidó.

Mientras tanto, el tiempo corría sin misericordia. Nuevamente tuve que proseguir mi camino. El sol castigaba las aves sin piedad que caían como pollos fritos a mi derecha y a mi izquierda.

Ya casi llegando me encontré con una ancianita que cargaba unas pesadas bolsas, por lo que decidí ayudarle. Ella m e obsequió un par de caramelos.  Proseguí mi transitar. Al llegar la encontré más hermosa que nunca, grande, bella y limpia. Se había vestido con su traje de fiesta y en la puerta había un letrero que decía “bienvenidos”. Ahí estaban sonrientes mis compañeros; Tamara, Johan, Marián, Jeison y todos los demás. También mi maestra; que un rato después nos llevó a jugar.

            ¡Que linda es mi escuela!

 

 

Autor: Miguel Aarón Sánchez Montes.

Cuarto grado. – Escuela Holanda.

 

 

EL SUEÑO DE EMANUEL

           

            Había una vez un niño que se llamaba Emanuel. Vivía en un lugar lejano junto a sus padres, en un hogar muy humilde. Cada amanecer endulzaba sus oídos con las bellas melodías de los yigüirros que le daban un concierto de trinos cerca de la ventana de su cuarto. Aún sonriente pensando en sus cotidianos sueños se levantaba para iniciar su nuevo día de trabajo de labranza al lado de su progenitor. Todas las noches, cuando la luna se vestía con su traje de plata derramando sus pálidos rayos por aquellos lugares, Emanuel soñaba viéndose a sí mismo en una escuela. Quería aprender a sumar, restar, leer,  escribir y a tener muchos amigos, ya que no podía ir a una porque no había en el lugar donde vivía, pero las había visto, cuando lo llevaron a la gran ciudad a ver a su abuelito enfermo. Desde ahí le nació la admiración por la medicina.

Emanuel quería ser médico, pero sus papás Marco y Julia eran muy pobres y no podían costearle los gastos de su estudio.

            El niño les insistía mucho que él quería ir a la escuela para aprender, hasta que un día sus papás decidieron cambiarse del lugar donde vivían para otro pueblo donde había una escuela muy linda con mucha naturaleza y con más oportunidades de estudiar.

Emanuel comenzó a saltar y a gritar de la alegría cuando supo que iba a poder estudiar. Sintió una profunda emoción abrumarle su existencia, como miles de estrellitas de colores repartiendo luz divina por todo su cuerpo.

__ !Por fin podré realizar mi sueño! - exclamó muy contento.

Pasaron las semanas y por fin llegó el día tan ansiado en que Emanuel y sus padres se cambiaron de casa. En su primer día de clases se vistió con una sonrisa muy radiante, un bulto humilde, su uniforme de segunda mano y unas grandes ansias de aprender que le inundaba el alma.

La escuela era grande. Se había engalando con su mejor traje de fiesta. Había letreros de bienvenidos por todas partes e idílicos paisajes mágicos que motivaban la imaginación y el ensueño de todos los niños al contemplarlos. Allí estaba la maestra con sus nuevos compañeros recibiéndolo con una gran sonrisa reflejada en sus rostros.

            Durante sus días de estudiante Emanuel fue muy aplicado. Tenía muy buenas notas. Era muy responsable, cumplía con todos sus trabajos, era un excelente compañero y muy respetuoso con los maestros, por lo que no fue de extrañarse que durante todos los años de preparación escolar obtuviera excelentes promedios. Finalmente obtuvo una beca para ir al colegio y luego a la universidad. Se graduó con honores de médico.

            Fue un médico muy profesional. Ayudó a los enfermos y heridos.            E incluso fundó un club para ayudar a niños pobres y así poder brindarles la misma oportunidad de estudiar que le brindaron a él y que de esta forma, estos niños humildes lograsen cambiar su forma de vida en el futuro.

Sus padres realmente se sintieron muy orgullosos de su hijo.

 

 

Autora: Jenny. Escuela Holanda. Quinto grado.

 

 

UNA EXPERIENCIA EN LA ESCUELA.

 

Un pequeño niño con un infinito mundo de ilusiones llegó por primera vez a la escuelita.  Se notaba un temor normal en sus ojos café, relucientes como luceros de la madrugada en un día de verano.

            La maestra lo recibió con cariño, pero en su corazón los latidos cual caballo desbocado, parecía no querer detenerse nunca.  Todos se presentaron y los compañeros se notaban tan seguros. Llegó a su cabeza una pregunta por qué sentía tantas ganas de salir corriendo y no parar hasta llegar a su casa.

            Se contuvo pero suavemente unas gotas cristalinas rodaron sin  detenerse por las pálidas  mejillas de Marquitos.

            Trataba de recordar las palabras de su madre casi en secreto con un ligero beso, mil bendiciones al marcharse con una vecina, un susurro por tanta enfermedad, - cuídate amor, has caso a la maestra, Dios te acompañe.

            Marquitos guardaba aquel dolor, presentía que si se alejaba de su casa cuando volviera ya su madre estaría en el cielo, era mejor no dar esa oportunidad, pero por otro lado quería hacerla feliz, convirtiéndose en un buen estudiante.

            La maestra se acercaba a Marquitos y sin imaginar aquel mundo le decía; - Si no te esfuerzas, te vas a quedar. Siempre tan pensativo, aterriza al Planeta Tierra, hijo.

            Cada palabra era una profunda herida en el corazón de Marcos, la miraba y en sus pensamientos,  tenía momentos de locura. Claro, como ella es tan feliz, tiene todo en la vida. Si supiera que mi madre muere poco a poco en casa y mi corazón con ella se apaga a como avanza el tiempo.

Pasaron dos meses, en uno de esos momentos guiados por la sabiduría de

Dios, se encontraron i maestra – alumno,  aquella noche de oración.  Mis familiares y otras personas llegaron a pedir por mi madre.  Ahí estaba mi maestra de una pieza, su miraba un poco aguada se clavó en mí, levanté la mano como queriendo saludarla pero las lágrimas rodaron sin control, algo en mi gargante me impedía respirar con normalidad.

 

            Ella se acercó y de nuevo mi corazón galopaba en el más bravo de los broncos, cual pradera libre… Me abrazó y por primera vez escuché unas frases dulces salir de su boca que más bien me parecían un eco del corazón.

 

            Hay hijo, perdona te he fallado, no sabía por lo que pasabas en tu vida, pero te seguro que desde hoy tendrás en mí a tu amiga, y la comprensión de una madre. Sus consejos y cuidados fueron creciendo con los años.

            Está demás contarles que llegó lo inevitable, fue una oscura tarde de mayo, cuando al fin los brazos de la muerte,  abrazaron a mi madre para transportarla al lado de Dios.

            Ese fue el día que encontré el hombre dentro de mí, supe que tenía que ser fuerte y si la  amaba no podría defraudarla, debía concluir su sueño de verme profesional y exitoso.

            Así fue, hoy soy un hombre, feliz, un ser de bien, sé que mi madre me mira contenta porque no la defraudé.

            Y recuerdo como ayer los consejos de mi maestra, siempre atenta, positiva, su paciencia, su cariño y trabajo con amor.   A ella debo en gran parte el hombre que soy, hoy.

 

 

ALGO MÁS QUE UNA ESCUELITA.

 

            En una pequeña urbanización al norte del pueblo  de Buenos Aires, se ubica mi escuelita, se llama Las Lomas. No es tan grande, pero es la más linda de todo el cantón y tiene los maestros más buenos y comprensivos que hay.

            Es la escuela donde paso mucho tiempo… no sé cuanto si sumara los minutos me  asustaría saber que es gran parte de mi vida.

            Comparto con mis compañeros y compañeras juegos, conversaciones, de modas, y de sentimientos, a veces alegres y otras veces tristes, que hacen llorar mi corazón.

            Cuando mis compañeros y compañeras se sientan conmigo, bajo el árbol de nance donde la niña Grethel, puso la mesita de cemento y donde tantas veces podemos desahogar los más alegres y tristes sentimientos. Alguno de mis compañeros dice un chiste o algo nos haga reír y olvidamos todo por un rato los sufrimientos que llevamos de la casa.

            Escucho a mi maestra pidiendo atención.. ¡pobre!, ni se imagina que mis pensamientos estaban volando alto,  buscando algunas respuestas , que no llegaron y cuando me percato, no había entendido nada…

            Puedo recordar tantas cosas, pero entre las que les comparto están la imagen de mi director en los actos cívicos cantando una canción romántica con todo cariño a nosotros, como mostrándonos que todos tenemos talentos y podemos lograr las metas en la vida.

            El profesor Kenny nos enseña la seguridad personal, porque nos mostraba como actuar en teatro y actividades escolares sin ningún complejo, que lo más importante es aprender a disfrutar la vida, él siempre luce con una alegría que refleja en su rostro junto a él traigo a mi memoria a la  motivación de la orientadora Laura, la prof. Carolina y hasta Denia y Bertilia nos mostraron que todos podemos actuar, obras, danzas y mucha alegría.

            La Prof. Adelaida siempre hace lindas oraciones para estar en regla con Dios, dirigiendo nuestras vidas, la prof Marilú siempre motivando a escribir cuentos, poesías, leer libros, todos dicen, por ahí que vive enamorada de los libros y le gusta inventar frases, versos y cosas poéticas, pero yo no  he  entendido ese gusto… quizá algún día si los profes me ayudan.

            Seguro conocen al prof. Carlos siempre con equipos dando todo en la cancha, cuando se enoja tira la gorra que luego vuelve a juntar, él vive el futbol como pocos…

            Jamás podré olvidar a Anita la cocinera y doña Rosa, siempre amables, haciendo magia con la comida, tan rica… algunos dicen que es porque la hacen con amor y mi abuela decía que era el mejor ingrediente al cocinar, seguro era cierto… Las señoras que limpian casi nunca faltan, pero cuando han faltado por alguna razón, todo luce sucio y si hacemos aseo sudamos la gota gorda y no queda tan limpio, por dicha mis profesoras nos enseñan a ser muy considerados con ellas y con los guardas muy respetuosos. Ahora usamos mucho los basureros.

            Todos son especiales, pero hay alguien a quién recuerdo con mucho cariño  es mi niña  de Kínder  Patricia, con aquella paciencia y ternura, aún la veo igual con sus alumnos actuales, tan respetuosa y trabajadora parece una hormiguita en el buen sentido…

            Un recuerdo que marcó mi vida en la escuela fue cuando llegaron los enfermeros del Ministerio de Salud a vacunarnos, siendo aún tan chicos apenas en primer grado, sacaron aquella aguja gigantesca por suerte la niña nos abrazó contra su cuerpo y cerramos los ojos y pensarán que estoy mintiendo, pero entonces dolía menos…

            El día del niño fue una de las actividades más bonitas, pollo frito, helados, confites, bailes de los maestros y cantos nos hacían disfrutar con alegría de un día diferente.

            En fin como he vivido cosas en la escuela y cuando pienso que ya casi voy para el “cole” siento hormiguitas en el estómago ¡Han sentido eso alguna vez… claro pienso en una ventura tan linda como la escuela y donde además conoceré el amor.

            Ahora se me ocurre pensar que los profesores son los que plantan las semillitas para que den frutos, algunas crecen frondosas y dan deliciosos frutos, otras quedarán en el camino y hasta se marchitarán tristemente equivocando la ruta en la vida; pero lo bueno de ello es que todos tuvimos la oportunidad de crecer , ser felices,  hacer el mejor esfuerzo..

            Por eso y mucho que hoy no recuerdo… no olvidaré mi escuela….

            Claro estaba en eso viendo las imágenes cuando escucho la voz de mi madre que decía: “levántese que tienes que ir a la escuela..”

            Todo había sido un dulce sueño…

Autor:  David Masis Jiménez.                           Quinto grado.               Esc. Las Lomas.

 

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